BLOG de JUANMA BLAZQUEZ

A ver cómo te lo cuento…

A José Antonio Labordeta…

Una de las anécdotas que a José Antonio Labordeta más le gustaba recordar, en relación al rodaje de su programa de TVE “Un país en la mochila”, era aquella que relataba una experiencia con la que yo, personalmente, durante los rodajes de “Cuadernos de paso” para la misma cadena, me he sentido siempre muy identificado.

Es sin duda una gran anécdota, pues sé por experiencia lo que es recorrer caminos y aldeas teniendo como única compañía el ladrido de los perros.

Contaba Labordeta que tras un largo viaje, llegó con el equipo de su programa a un pueblo perdido de los muchos que quedan aún en la geografía española, y que entraron en él con cierta aprensión, como si se tratase de un lugar repentinamente abandonado. Y contaba divertido que, tras dar unas cuantas vueltas por sus calles desiertas, vieron a alguien asomarse tras los visillos de un ventanuco y gritar a continuación: “¡Podéis salir, que son como nosotros…!”

Y así aparecieron los vecinos, escondidos hasta entonces.

Muy buena…

Y en un día como hoy, aquella anécdota me parece muy simbólica en relación a la idea que muchos tenemos sobre quién era José Antonio Labordeta.

Labordeta era un profesor, escritor, cantautor y político muy popular, que aparecía en los medios de comunicación con relativa frecuencia, desde cualquiera de las caras de su prismática existencia.

Pero, fiel a sí mismo, a sus ideas e ideales y al pueblo, a todos los pueblos, puesto que en todos los rincones de este país se identificaban con él, Labordeta, a diferencia de otros tantos artistas, intelectuales y políticos de todos los signos, nunca cambió su forma de ver la vida en base a esa popularidad.

Y es por esa razón por la que hoy tengo una triste sensación: la de haber perdido a una persona muy cercana.

A uno de los nuestros.

A alguien “como nosotros”.

Descansa en paz, amigo.

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19 septiembre, 2010 Posted by | 1 | , , , , , , , , , | 10 comentarios

Septiembre

Septiembre siempre fue como un susto.

Entras en él como cayendo de bruces contra los problemas de la vida, que regresan con su prepotente impertinencia a nuestra rutina, desplazando inmisericordes tu paz y tus sueños, tan celosamente alimentados durante el verano.

Problemas que evitas pronunciar, para no despertarlos, pero que tienen la extraña propiedad de pegarse “sí o sí” a tu cara, deformándola y poblándola de frunces, soledades y tristezas:

Los interminables ajustes de los sueldos a la baja, y los precios al alta;  los hijos sin trabajo; el desconcierto ante las declaraciones de los políticos, con o sin poder; el dinero negro de tanta gente en este país; los exámenes; los vecinos impresentables; la soledad de los viejos; la presión de la incertidumbre; la pérdida de esperanza en que algo mejore… ¡PARA!

¡Para!

Para… por favor.

Cierra los ojos, respira, vuelve a abrirlos y mira a tu alrededor.

Mira ese cielo intenso y suave: “el cielo de los Simpson” (como lo llamamos en los rodajes, para definir ese cielo azul salpicado de nubes de algodón) y, si puedes, si estás en el sitio adecuado (¡búscalo!) escucha los sonidos que la naturaleza te regala:

la caricia de la brisa que crece lentamente y se pierde y regresa y juega al escondite con tu sonrisa; el cantar de los pájaros, lleno de ausencias… o ese rico silencio que queda cuando apagas el sinfín de aparatos con los que la modernidad nos ayuda a olvidarnos de vivir.

Mira los volúmenes y las sombras suaves de los edificios, de las montañas… ¡El intenso color de las hojas de los árboles! o los brillos del agua, portadores de recuerdos…

Descubrirás un placer que tenías olvidado (y necesitas) disfrutando de esta fantástica luz…

…la luz de Septiembre.

8 septiembre, 2010 Posted by | 1 | , , , , , , , | 6 comentarios

17 años sin Anabel Segura

La primera imagen latente de Anabel Segura, me lleva a los primeros días de diciembre de 1993.

Recuerdo que sentía el “encargo” como algo muy comprometido.

Se trataba de entrevistar a José Segura, padre de Anabel, quien dado el callejón sin salida en el que se encontraba el secuestro de su hija, había decidido aparecer, por primera vez, ante las cámaras de televisión. Y el programa elegido fue Informe Semanal, cuyo director por entonces, Fernando López Agudín, me encarga a mi el reportaje.

Lo que más me impresionó nada más llegar a la casa de Anabel, en la Moraleja, fue el rostro de su madre. A pesar de estar destrozada, su rostro transmitía una gran serenidad, como si flotase, moviéndose sin apenas hablar, mostrando sin embargo en su silencio y su mirada todo el enorme dolor que no podía expresar.

Y, siempre en un ambiente de quietud que impresionaba, me enseñaron la casa. Especialmente la habitación de Anabel, en donde su hermana pequeña me contó algo que siempre me quedó grabado en la memoria, que es cuánto le gustaba a Anabel el tema “Respect”, de Aretha Franklin, el cual, me dijo, a menudo cantaban juntas.

A cambio de la confidencia, yo no utilicé “Respect” en el montaje, me parecía algo demasiado íntimo, alegre y personal como para explotarlo.

Antes de la entrevista, grabamos en silencio imágenes de su habitación, de sus fotos y recuerdos y guardé en mi cartera las cintas en v8 que me entregó la madre, con unas grabaciones familiares de cumpleaños, en donde aparecía Anabel.

Todo lo que pudiese ayudar…

Y después, las declaraciones de José Segura y del portavoz de la familia, el expresidente de la Junta de Andalucía Rafael Escuredo, sin duda el que mostraba más entereza dentro de aquella inquietante situación.

La madre no pudo decir nada para la cámara y yo tampoco insistí. Pensé que con un plano acompañando a su marido, y otro de la familia (padre, madre y hermana) era suficiente.

A aquel primer reportaje de Informe Semanal lo titulé “237 días sin Anabel”, y fue un trabajo tan cuidado como inútil, ya que no sirvió absolutamente para nada, pues como es ahora sabido, Anabel ya nunca aparecería, con pago de rescate o sin él, ya que había sido asesinada al inicio de su secuestro.

Pero entonces ¿qué otra cosa se podía hacer?

La segunda imagen latente es un enorme y polvoriento descampado. Y en el centro, entre las ruinas de una vieja fábrica, creo recordar que en Numancia de Sagra, una excavadora buscaba a paladas descarnadas el cuerpo de Anabel, entre la tierra y los escombros.

Un espacio irreal, rodeado por una inimaginable multitud formada por cientos de personas, entre reporteros de prensa, radio y televisión y curiosos de todas las edades que llegaban de los pueblos de alrededor.

Un espectáculo penoso, que no retrataron las cámaras.

Recuerdo con espanto la avidez de los plumillas que todos los medios habían enviado al lugar para recoger el momento del hallazgo del cuerpo.

Y recuerdo, asqueado, la pelea infame de todos nosotros por recoger los testimonios de los testigos, una vez encontrado el cadáver. Una pelea a veces entre reporteros de la misma cadena, tal como me ocurrió con una compañera de TVE, que ahora prefiero no nombrar.

Abochornado, me prometí que nunca más me vería envuelto en algo así. Y aunque tras “Informe Semanal” pasé una temporada por “Quien sabe dónde”, en donde conocí casos y momentos muy duros, el “respeto real” (no ese hipócrita, falso y burdo “respeto coartada” que solemos ver en televisión) por los protagonistas de la noticia, siempre lo tuve muy presente, y más recordando el horror de aquel descampado.

El resultado de todo aquello fue un segundo reportaje, resumen del caso de Anabel, que hice también para Informe Semanal, en septiembre de 1995.

Un reportaje, ahora rescatado del archivo en “TVE a la carta”, titulado “El final de la esperanza”.

Y es que la historia de Anabel tuvo un final muy triste. Aunque, con todo, sus padres consiguieron recuperar el cuerpo, y no tuvieron que convertirse en lo que Maria Antonia Iglesias, con quien también trabajé en Informe Semanal, denominó recientemente en el programa “La Noria”, con mayor o menor acierto, “padres espectáculo”.

¿Y por qué todo esto? Pues porque TVE ha vuelto otra vez sobre el tema de Anabel Segura, con una reconstrucción de los hechos, con actores, para la serie “La Huella del Crimen”.

Y he de decir que yo no lo comprendo. No comprendo su necesidad, oportunidad o qué sentido tiene recordar ahora aquella historia, tan lejana y a la vez tan reciente. Creo que a su familia ya le habrá costado, si han podido hacerlo, remontar aquellos duros años, para que ahora vuelvan a mostrárselos en “prime time”.

¿Para qué?

De cualquier forma, aunque yo no lo sabía, hasta hoy, con “La Huella del Crimen” he descubierto que la historia de Anabel Segura sigue viva en mi recuerdo.

Latente.

Me ocurrió con ella como con otras, que creí olvidadas, hasta que un nombre en un periódico, o una imagen en una pantalla volvió a abrir una puerta, hasta entonces cerrada y olvidada, en alguno de esos pasillos de mi mente que hace tiempo dejé de frecuentar.

¿Cuántas más habrá…?

Desde aquí un cariñoso recuerdo para Anabel y su familia.

(Ampliación: 5 de enero de 2011)

Hace ya varios meses que escribí este comentario y puedo decir que desde entonces todos los días (todos) varias personas entran a leerlo y a ver aquel informe semanal del enlace. Todos los días. Me maravilla que Anabel siga siendo una persona tan querida y buscada. Un saludo a todos y, como antes, mi recuerdo para ella, desaparecida tan joven y de forma tan tristemente fortuita. Mi más profundo deseo de que historias como la suya no vuelvan a repetirse.

2 marzo, 2010 Posted by | 1 | , , , , , , , , , , , , | 8 comentarios

Sobre Haitianos y “Mojaitos”

Ocurrió a principios de los 90.

Se trataba de hacer un reportaje para Documentos TV sobre los emigrantes ilegales que entraban en la Península Ibérica por el sur. Buscábamos algo que explicase porqué aquellas personas cruzaban África desde todos los puntos posibles hasta llegar a Marruecos; cómo allí se prestaban a las canalladas de las mafias para, finalmente, jugarse la vida en el Estrecho de Gibraltar y, tras meses de desgaste de sus vidas desde la salida de casa, cumplir un sueño: ¡llegar a Europa!

En Cádiz por entonces los llamaban “Mojaitos”, un nombre con reminiscencias tejanas, pues recordaba al de “espaldas mojadas” que recibían los mejicanos que cruzaban ilegalmente la frontera con EEUU.

Pero éstos se denominaban así por como pisaban “nuestro suelo”: llegaban tiritando de frío y empapados de agua en las pateras, exhaustos, y con la mirada fija y vacía. Y, entre el miedo y la desesperanza, dejaban hacer a la Guardia Civil y a la Cruz Roja, que les cubría con mantas y les daba una taza caliente y algo que comer.

Para mí aquella fue la primera vez que entraba en contacto con el mundo de los “ilegales”. Y aunque después volví muchas veces a grabar pateras, aquel primer encuentro con los Mojaitos me causó una gran impresión, que aún no se ha borrado.

Dicen que cada vez llegan menos Mojaitos desde África. Convertidos en carne de estadística, parece que hay algo que les retiene en el Sur del Mundo.

Y en estos días, viendo la tragedia del terremoto de Haití, no puedo evitar recordar a aquellas caras de los subsaharianos que grabamos para aquel documental: son como los Mojaitos.

A menudo la gente se pregunta en la calle porqué el gobierno permite la entrada de emigrantes ilegales; porqué no se les ayuda “en su casa”, en vez de dejarlos llegar hasta aquí, a rebozarnos su miseria por la cara, para después quitarnos nuestro trabajo y más tarde, con el paro, nuestras pensiones.

La gente es muy primitiva y piensa así.

Más si de algo han servido las imágenes de Haití es para recordarnos la precariedad de la vida en los paises del mundo en donde habitan los “Mojaitos”.

Ahora les damos algo de lo que nos sobra y, de alguna forma, tratamos de tranquilizar nuestras conciencias, intentando no pensar más allá.

No queremos ponernos en su lugar.

No queremos saber lo que haríamos si viviésemos como ellos.

No queremos pensar qué sentiríamos si viésemos a nuestros hijos descalzos, con los estómagos abultados por el hambre y esos ojos enormes mirándonos hasta tan adentro, que nos obligasen a bajar la vista…

…y cambiamos de canal.

Es horrible.

Como siempre, tras el paso de la avalancha de noticias y el “lucimiento” de los enviados especiales de los medios y los políticos, estos “Mojaitos” pasarán otra vez al olvido.

Es como si necesitásemos que, de tiempo en tiempo, la Naturaleza nos gritase con tsunamis y terremotos, para despertarnos de nuestra miserable ceguera.

17 enero, 2010 Posted by | 1 | , , , , , , , , , , , , , , , | 5 comentarios

Día de los Derechos del Niño: NO A LA PORNOGRAFÍA INFANTIL

Nunca terminé de entender el concepto pornografía infantil.

“Pornografía infantil…”

Me explico: ¿Puede ser infantil la pornografía? ¿Es “infantil” gozar con la visión de un pequeño cuerpo que está siendo violado por un adulto, que además siente algún extraño placer en ser observado u observar “ese acto” a través de Internet?

Mas, una vez admitido el término, me pregunto si esa explotación que denota la pornografía infantil es tan ajena a nuestras occidentales y desarrolladas vidas.

Sin necesidad de hacer un gran esfuerzo no me cuesta nada recordar, por ejemplo, a un hombre grueso, con pelo y barba blanca y acento alemán, acompañado de una cría en La Habana, en Cuba, en actitudes que claramente hacían descartar que se tratase de un pariente, y denotaban que no era más que otra muestra de esa repugnante variante del “turismo sexual” dedicada a la caza de una menor.

Y lo más triste: a nadie parecía importarle.

O, hace ya unos años, recuerdo ciertos locales de las afueras de Manila, en Filipinas, llenos de turistas que, por razones que no acabo de entender, se sentían (y se siguen sintiendo, supongo) liberados de toda conciencia moral ante el hecho de tener ante sus ojos la evidencia de la explotación sexual de niñas, tal como pude constatar el día en que tuve el triste honor de ser invitado de forma inadvertida a darme una vuelta por allí, sin asomo de repulsión por parte del tipo que nos guiaba, que “controlaba el tema” y se movía como pez en el agua.

Un tipo que lo único que dejó en mi memoria fue la escalofriante impresión de que se trataba de alguien con cierta clase, sin esa especie de “tara” en el gesto, la educación o las formas que imaginamos debería de evidenciarse en personajes con tales instintos pedófilos.

No.

Tal como nos revelan las noticias de las acciones policiales, ocurre a menudo que detrás de la “pornografía infantil” se encuentran padres de familia o considerados profesionales de vidas más o menos grises y anónimas, hasta que un día se descubre que tienen el disco duro abarrotado de imágenes de “niños crudos” utilizados para vaciar en ellos las más oscuras e inimaginables pasiones, que marcarán el resto de su vida.

Es tan espantoso que a mí me cuesta llamarle “solo” “pornografía infantil”, como si ese concepto no fuese capaz de abarcar tanta perversidad.

Hoy es el “Día de los Derechos del Niño”  caracterizado por el repudio social a la “pornografía infantil”.

Un concepto que nunca debió de existir.

Pero los occidentales pertenecemos a los países más desarrollados del mundo.

Tenemos de todo…

20 noviembre, 2009 Posted by | 1 | , , , , , , , , , , , , | 6 comentarios

“Querida amiga…”

Blog 09 20090930 Querida amiga...Ayer fui invitado a asistír a la presentación de un documental en Madrid, en el Centro de Arte Reina Sofía. Se trataba de “Querida Doña Elena”, producido por TV3 dentro de la serie “Sense ficció”.

Inesperadamente, fue un reencuentro con sentimientos trasnochados.

Emoción, diversión, ternura… Muchas sensaciones se me vinieron encima al volver a escuchar los viejos programas de radio de Elena Francis, recreados magníficamente en el documental.

El guión y la dirección de Joseph Rovira y una más que sugerente realización de Lluis Monserrat, fueron capaces de crear una atmósfera que me arrancó de la butaca para trasladarme a los años de la niñez y a recuperar un puñado de recuerdos.

El primero, el de una radio Telefunken enorme, con dos filas de teclas de marfil, que presidía el salón de mi casa, desde el aparador.

El segundo, la imagen de mi abuela Alberta cosiendo, con sus gafas redondas y su pequeño moño blanco, junto a la ventana.

Y el tercero, a mí mismo sentado junto a ella en una silla, tan pequeño que mis pies aún no llegaban al suelo, pegando aquellos cromos preciosos de cartón ¡en color! de “Rintintín”, la serie que había cambiado hasta nuestros juegos en la calle, en los que, por supuesto, yo me pedía siempre ser el cabo Rusti. A los demás no les importaba. Preferían ser “indios” o “americanos” y liarse a tiros o atravesarse con lanzas y flechas mientras yo me ocupaba de mi perro. Además yo era el más pequeño, así que me iba bien el papel.

Recuerdo que entonces salió el álbum de cromos. Fue la primera colección que hice. Los compraba en “el puesto verde” o en “Berta”, una pequeña tienda mezcla de papelería y chuches de mi barrio de entonces, y los pegaba con mimo, con agua y harina, que era lo que todos usábamos en el colegio.

Y precisamente el hilo conductor de todos estos recuerdos eran aquellas tardes de abuela, de radio y de cromos, bajo la banda sonora inevitable de Elena Francis.

Así que, a los pocos minutos de comenzar el documental yo ya estaba fuera del Reina Sofía, reviviendo “en color” aquellos años 60 y, siempre, con una sonrisa. Porque uno de los mayores logros de “Querida Doña Elena” es que consigue arrastrarte hasta la vida en aquellos años “sin rencor”, a pesar de la dureza del trasfondo de las cartas y, no digamos, de las respuestas, trascendiendo su propio contenido para servir de vehículo para llevarte de viaje a través del tiempo, tal como me ocurrió a mí.

En la sala, además de la dirección de tv3, decidida defensora de una televisión pública de calidad, y los autores del documental, encontré entre otros a Manolo Sánchez, director de Documentos TV, quien me aseguro que tras su emisión en la televisión pública catalana TV3, también podríamos verlo en el resto de España en TVE.

Espero que sea pronto y podáis disfrutarlo porque, dado el amplio abanico de años de emisión del programa de la Francis, seguro que una parte os toca también a vosotros. Así, podréis recuperar un puñado de preciosos recuerdos y, todos, con el fondo de aquella música y aquella extrañamente dura y cálida voz que decía:

“Querida amiga…”

(Por cierto que el álbum de Rintintín, perdido hace tiempo, pude recuperarlo casualmente al encontrarlo en un puesto de la Feria del libro de Madrid, hace ya unos años. Recuerdo que cuando lo ví se me saltaron las lágrimas. Debe de ser cosa de la edad…)

30 septiembre, 2009 Posted by | 1 | , , , , , , , , , , , , , , | 6 comentarios

Por Amor al Arte

20090713 Por Amor al ArteSe abre el telón.

A la izquierda del escenario un hombre remueve unos papeles sobre una mesa mientras, poco a poco, a su alrededor van surgiendo otros personajes que tratan, por lo que se ve, de decidir cual será la obra a ensayar para la proxima representacion.

A continuación, como si de unos “flash back” mágicos se tratase, los mismos actores nos dejan visualizar escenas de las obras, todas clásicas (¡y en verso!) que se están valorando sobre la mesa.

Todo esto sucede en un pueblo de Madrid, Villa del Prado, en donde el grupo de teatro local, “Armonía”, al que tuve ocasión de grabar una obra memorable para el documental “Cuaderno de Cenicientos”, pone su grano de arena para estrenar el nuevo “Centro de Artes”.

Hasta ahí todo normal, pero solo aparentemente.

La cuestión es que se trata de un grupo de teatro independiente que comenzó su andadura hace 25 años. Un grupo de teatro integrado por actores del pueblo que, durante todo ese tiempo, han llevado ese arte a sus vecinos a cambio “de su aplauso”. Los protagonistas, un churrero, un pastor, un funcionario, un estudiante… Hasta tres generaciones se ven representadas allí.

Para mi, desde la séptima fila del patio de butacas, la representación se me antoja, conociendo esta circunstancia, cosa de héroes.

¿Quién si no se entregaría a sus vecinos de esa manera, metiendo verdadera cultura clásica allí en donde, de otra manera, difícilmente habría llegado?

Y además de que forma: desde el escenario fueron capaces de hacernos reír con “Don Mendo”, sufrir con “Fuenteovejuna”, irritarnos con un Don Juan chulo y malvado “como los de verdad”, ponernos trascendentes con las sabias palabras de “La Celestina”, o asombrarnos con un cambio de papeles arriesgado y moderno que hubiese firmado cualquier director de teatro “de la capital”.

Una obra espléndida que me retrotrajo a los tiempos heroicos retratados en aquella película memorable “Viaje a ninguna parte”; a aquellos cómicos clásicos y puros que aprendieron el oficio de si mismos, y lo alimentaron con entusiasmo y amor por las tablas, mas allá de las corruptelas de la fama y de la prensa del corazón (que no existía, al menos como ahora).

El grupo de teatro “Armonía”, como aquellos, trabaja por amor a la profesión, entregando todo lo que tienen, que no es solo su tiempo, ¡que ya es mucho!, sino también el vestuario, el atrezo, la música y una pasión enorme que todos guardan en los viejos baúles de sus casas y sus corazones.

Es un gesto de generosidad que, probablemente, comparten con otros grupos de teatro independiente repartidos por este país.

Yo les quiero dar las gracias por su regalo. Por ser capaces de hacerme soñar en una calurosa tarde de verano.

Y lo mas increíble, dado los tiempos que corren: que todo lo hagan “por amor al arte”.

De verdad: muchas gracias.

Se cierra el telón.

13 julio, 2009 Posted by | 1 | , , , , , , , , | 3 comentarios

Sabores en Peligro de Extinción

Blog 07 20090629 Sabores en peligro de extinciónLa “mano que escribe” lo hace trazando unos dibujos sobre un papel. Renglones que van ocupando un espacio, hasta que todo el conjunto adquiere un valor documental distinto, original: es un manuscrito.

El teclado del ordenador olvida ese arte. Todas las pulsaciones tienen el mismo resultado: pulcritud y frialdad.

Distancia.

Tampoco descarto que se trate de un achaque de “los 50”. Cuando era más joven lo único que me preocupaba era el concepto ya desarrollado: “lo que se leía”. Que se entendiese bien y que no hubiese faltas de ortografía…

Pero ahora me interesa también el soporte, su estética, su relación con el escritor, su historia (incluso sus errores). Cosas que se pierden en una pantalla como ésta.

Y es que todo escrito es como un viaje. Si lo haces por autopista ganas en velocidad, pero pierdes el sabor del camino.

Aparentemente llegas antes al mismo sitio; pero has perdido disfrutar del detalle de los lugares que median entre tu origen y tu destino: el color y la forma de las casas, los rótulos de las tiendas, los olores, la forma de vestir de la gente, los perros, las vacas, los caballos… ¡los gatos!

A lo sumo, lo máximo que ves es un rebaño en la lejanía o unos restos espachurrados y secos de algo que pudo ser un conejo o una ardilla, o un perro abandonado, pegados al sofocante asfalto.

Después, señales con fondo azul o fondo blanco y gasolineras con autoservicios idénticos, a no ser por el acento de la persona que recoge tu tarjeta de crédito.

Creo que una de las cosas más negativas del ordenador es la desaparición de los manuscritos. Es difícil que en el futuro podamos conocer como eran los trazos de nuestros escritores contemporáneos. Seguro que su escritura es algo muy distinto de estos textos pulcros, puros, definitivos, sin correcciones ni tachaduras ni zona gris. Sin la humanidad del apunte apenas legible, fruto de la duda y de la búsqueda de la perfección.

Recuerdo cuando usaba la Olivetti, la “máquina de escribir” (¡qué bonita expresión!). Incluso con ella podías apreciar si habías pulsado con más o menos fuerza, por el relieve del papel, o si el rollo de cinta estaba más o menos gastado. ¡Y qué me dices de las correcciones con tippes, que siempre dejaban huella! Así el escrito participaba de esa originalidad de la escritura a mano.

En un ordenador, incluso la misma lectura también es fría. Además, estos mismos sentimientos y sensaciones podrían desaparecer en un segundo, pues están representados de forma fraudulenta, y frágil, a partir de una oscura sucesión de ceros y de unos.

Cada vez valoro más el calor de lo fabricado a mano, por simple que sea: los objetos de autor.

Que yo recuerde, siempre he necesitado pasar los guiones de mis reportajes y documentales a papel, antes de darles el visto bueno definitivo. Luego vienen las correcciones a lápiz. Vivas y desenfadadas, que se pierden tristemente en la papelera, una vez que las he vuelto a teclear.

Por eso me llevo una agradable sorpresa cuando encuentro traspapelado algún viejo guión, lleno de correcciones garabateadas con esa característica gracia e indolencia del íntimo tachón.

Me gusta escribir a mano; la magia del papel en blanco y del bolígrafo nuevo, con su preciosa tinta concreta e impecable; la ingenuidad de ese puñado de lápices de colores con la punta recién sacada, como lista para revelarte los secretos que esconde tu cabeza; el tacto del sacapuntas de metal, su diseño sólido y preciso; el olor dulzón de la goma de borrar y, mucho mucho, la expresión de Alicia cuando tiene entre sus manos mi último escrito, casi crudo: un dibujo de palabras que acabé de pincelar a las tantas de la madrugada.

Son sabores impagables, en peligro de extinción.

29 junio, 2009 Posted by | Sin categoría | , , , , , , , , , , | 4 comentarios

¿Qué pasó con las minas antipersonales?

Blog 06 20090618 minas antipersonales

Una de las imágenes latentes más persistentes en mi memoria es la del Hospital General de Maputo, en Moçambique, durante el rodaje de la serie “Cooperantes”, y aquellos críos con los pies amputados, sustituidos ahora por unas prótesis que, cuando yo les visité, estaban aprendiendo a utilizar.

Recuerdo especialmente a un hombre, que aquí diríamos “de pueblo”, que ni siquiera sabía hablar en portugués. Tal como me tradujeron, él no entendía nada. No entendía porqué la tierra había estallado bajo sus pies; no entendía porqué le trasladaron; no entendía donde estaba, me decía el pobre a mí, que entendía menos que él.

Otro recuerdo me lleva a Bosnia-Herzegovina, siguiendo al grupo de militares españoles destinados en Mostar, mientras desactivaban las minas que poblaban campos, pueblos y carreteras. Y como un subíndice dentro de aquel recuerdo, el último consejo del embajador, José Angel López Jorrín, antes de despedirnos:

– “Mea desde la orilla”.

Si, así de textual: “Mea desde la orilla”. Una forma enfática de advertirme que no había que salir de la carretera bajo ningún concepto.

En algunos pueblos habían volado las casas de los “vecinos-enemigos” con bombonas de gas butano. Pero lo más duro era que debajo de los escombros habían puesto minas antipersonales, para asegurarse de que si algún día volvía alguien de esa familia, volara por los aires.

Recuerdo un pueblo que estaban intentando reconstruir los “unos” y los “otros”, todos juntos, cerca de la frontera con Croacia. Un pueblo en ruinas en el que sólo un puñado de casas se salvaba. El resto esperaba a que apareciesen los soldados a desactivar las minas, si las había (que las había); pero nadie sabía cuántas, ni dónde.

En el colegio se enseñaba a los chavales a distinguirlas. Con demasiada frecuencia se habían colocado bajo neumáticos, en el campo, o debajo de objetos que pudiesen llamar la atención de cualquier crío.

Un horror.

Y en el colmo del sadismo, el de la macabra naturaleza de aquellas minas que acumulaban carga, de forma que no estallaban a la primera pisada, sino cuando ya se había pasado por encima 10 o 15 veces; cuando ya la víctima (cualquiera, tú mismo) pensaba que el lugar estaba fuera de peligro. Me lo contaba un médico español en Maputo, al tiempo que se alegraba de que los casos ya se hubieran reducido a sólo tres o cuatro a la semana…

Todos estos recuerdos, no lo son tal para los millones de personas que viven aún en peligro, en tantas partes del mundo en donde la paz es un concepto que hace generaciones que no se conoce, o se vive con miedo.

El Tratado de Ottawa, que prohibía la producción y venta de minas antipersonales (y la utilización; ¡pero vete a contárselo!), entró en vigor en 1999 y tenía como objetivo haber logrado su eliminación en todos los estados firmantes en este año 2009. Vano empeño, si pensamos que países como Rusia, Estados Unidos, la India o China no han querido saber nada del asunto.

Pero no solo ellos, todos parecemos haber olvidado la crueldad que se oculta bajo tierra, junto a estos artefactos, cuyo resultado tuve el triste privilegio de conocer.

Circunstancia que debería hacernos reflexionar sobre la responsabilidad de los países desarrollados, los “nuestros”,  en todo ello. Quizás deberíamos dejar de mirarnos el ombligo, volver la vista hacia todas esas “zonas calientes” del planeta y preguntarnos por la decadencia de nuestra propia humanidad y qué hemos hecho para que la vida nos importe tan poco.

18 junio, 2009 Posted by | Sin categoría | , , , , , , , | 2 comentarios

El Antagonista Silencioso

Blog 03 El Antagonista SilenciosoA menudo, en los cursos de guión y realización del Instituto Oficial de Radio y Televisión (IORTV) de TVE desglosaba con los alumnos los distintos personajes que aparecían en reportajes y documentales, señalando con especial interés el valor de los “Antagonistas”.

Efectivamente, y al igual que ocurre con las historias de ficción, en el reportaje siempre debe de estar presente el “Antagonista”, como “responsable” del conflicto que afecta al “Protagonista” de nuestra información.

Así, siempre había un personaje de corte más o menos siniestro al que achacar todos los males. A veces era el dictador de un país; otras, fascistas que pasaban de la teoría a la práctica (y soy generoso concediéndoles una fase “teórica”) que se concretaba en torturas, secuestros y asesinatos; o empresarios de multinacionales sin escrúpulos; fiscales reaccionarios que aplicaban la pena de muerte sin perder un minuto de sueño; asesinos y delincuentes más o menos habituales, ya sea de guante blanco o de cuero, o de los de manotazo limpio; terroristas de todos los tamaños, estados, nacionalidades, pueblos, barrios, religiones o ideologías y en resumen, lo que podríamos llamar… “canallas de todo tipo”.

El personaje “Antagonista” era por tanto tan heterogéneo como lo permitía el abanico de la actualidad. Y si no lo teníamos, había que buscarlo. ¡De eso se trataba: de encontrar a los culpables!

Mas recuerdo que una tarde, visionando en clase uno de mis “Cuadernos de Paso”, alguien poco caritativo conmigo, teniendo en cuenta la bondad de los contenidos de esta serie documental, tuvo la falta de delicadeza de preguntarme:

– “Y aquí ¿quién es el Antagonista?”

– “¡Tú mismo!”, me dieron ganas de contestarle.

A ver: un artesano fabricando alpargatas; una señora que hace bolillos, un pastor y cuatro gatos… y un listillo que se empeña en fastidiarme la clase.

¡El Antagonista…!

Porque, claro, dos días antes, yo afirmaba, con rotunda convicción, que “frente al Protagonista de cualquier relato informativo, siempre hay un Antagonista”.

Desconozco, o he olvidado por humana supervivencia, cómo salí de aquel aprieto; pero siempre me quedó aquella pregunta en el aire…

…hasta que, hace poco, encontré la respuesta.

Se trataba de una noticia en relación con uno de los protagonistas de “Cuadernos de Paso”. Del “Cuaderno de Cervantes”, en Sanabria, concretamente. Su nombre: Horacio Rodríguez. Me contaron que acababa de fallecer.

Horacio era un sabio que apenas había cruzado el umbral de los 80 años de edad, y era admirado por todos aquellos que lo conocieron. Había reunido un verdadero museo etnológico en su pueblo, San Ciprián de Hermisende, en la raya con Portugal, con una colección enorme de objetos, que incluía más de un centenar de máquinas de coser de todas las épocas, en las que era un experto, así como un sinfín de viejas historias, por las que era considerado un “contacontos” (un “cuenta cuentos”).

Y Horacio había fallecido. No tuvo tiempo de verse en televisión en “Cuadernos de Paso”, en una charla en una cocina baja, una “lareira”, entre él, el catedrático e investigador Leandro Rodríguez, impulsor de la teoría de que Miguel de Cervantes era judío y sanabrés (de la que ya hablaremos) y yo mismo. Horacio falleció antes de la emisión del documental, lo que me apenó profundamente.

Unas semanas después hubo una reunión en su honor en su pueblo natal, a la que no pude asistir, pero a la que envié un escrito defendiendo que había que hacer un estudio del material (inmenso material) etnológico reunido por Horacio, lo cual constituiría según mi humilde opinión el verdadero homenaje que podía (y debía) de hacérsele a este “Anticuario de Viejas Tecnologías”, como a él le gustaba definirse.

Meses más tarde, en los Oscos (Asturias), tuve ocasión de hablar otra vez del tema de la urgencia de recuperar los testimonios de toda esta generación anterior a la digitalización de nuestras vidas que, como Horacio, estaba desapareciendo, a fin de rescatar su memoria, en verdadero (ya crítico) peligro de extinción.

Ellos vivieron una guerra, sufrieron el exilio y fueron emigrantes; pero también cantaron, bailaron y desarrollaron costumbres propias de una cultura rural arrinconada por el progreso y, a menudo, despreciada.

Sería una acción de un valor incalculable rescatar esa memoria, que es la de todos. (¡Y no es tan complejo: es algo así como tomar una cámara y grabarles, simplemente, en cada pueblo!)

Pero volviendo al tema inicial, la cuestión es que, inexplicablemente, la muerte de Horacio me devolvió a aquella clase del IORTV y a aquella ingrata pregunta del no menos ingrato y sibilino meritorio: “¿Y aquí, quién es el Antagonista?”

Ahora ya se la respuesta.

El Antagonista es ese “devorador y consumidor de todas las cosas”, que decía Miguel de Cervantes.

Un Antagonista Silencioso, llamado “Tiempo”.

1 junio, 2009 Posted by | Sin categoría | , , , , | 2 comentarios

Los Nosotros

20090407(039)Hubo un tiempo en que estaba encantado de formar parte de Nosotros. Opinaba como Nosotros, sentía como Nosotros e incluso llegué a captar el modo de hablar y de vestir de Nosotros, de manera que cuando alguien me veía por la calle decía: “Mira, un Nosotros”.

Genial oye.

La cuestión es que tanto me preocupaba aquello de ser un Nosotros más, que un día me paré ante el espejo con una pregunta íntima e inesperada: “Si realmente soy un Nosotros… ¿por qué tengo que trabajármelo tanto? ¿Por qué no sale todo de forma natural?”

Fue entonces cuando me vino la horrorosa idea de que, aunque yo no fuera consciente de ello, era posible que debajo de aquel trabajoso Nosotros mío, se encontrase camuflado en realidad un elemento del oscuro Vosotros.

¡O sea: que yo podía ser en realidad un Vosotros, solo que aún no me había dado cuenta!

Pero, dada la aversión que sentía hacia los Vosotros, a lo peor la cosa era mucho más siniestra, y yo era en realidad un… “¡Ellos!”

La leche.

Pensé pues en que siendo un Ellos o un Vosotros sería explicable porqué a veces me costaba tanto llevarme bien con los otros Nosotros.

Porqué no terminaba de aguantar sus obsesiones y su manía persecutoria con los Vosotros y Ellos, a quienes había que atacar de manera inmisericorde, de la misma forma que, hiciese lo que hiciese uno de Nosotros, estabamos obligados a apoyarlo y defenderlo, aún entrando en conflicto con nuestros más íntimos sentimientos.

Incluso había que dar la cara a toda costa por cualquiera de Nosotros, para no darles “alas” a Vosotros (o mucho peor: a Ellos). Afirmación que siempre me dejaba perplejo, pues siempre me interesó la búsqueda de la verdad, aunque nos afectara a Nosotros, mismamente, en la convicción  de que Nosotros era un concepto tan formidable, perdurable e impermeable, que el hecho de reconocer que un Nosotros fuera un poco “lelo”, jamás afectaría negativamente a la totalidad de Nosotros como grupo, sino que lo fortalecería.

Pues no.

La cuestión llegaba a ser tan dura que, como a veces entrábamos en contradicciones, en conversaciones que se desarrollaban simultáneamente, al no saber cual era la opinión oficial de Nosotros, decidimos mantener la boca cerrada sobre ciertos temas puntuales hasta que se supiese con exactitud lo que dictaminaba Nosotros sobre el asunto, y lo que debíamos de “pensar”.

Torturado por el protagonismo que habían tomado en mi vida los pronombres personales, quiso la casualidad que conociese a un profesor de universidad de la ciudad en que nací, que afirmaba sin complejos que opinaba indistintamente como Nosotros, Vosotros o Ellos en función de qué tema o matiz o estrategia estuviésemos hablando, puesto que Vosotros funcionaban mejor en unos casos y Nosotros en otros (la verdad es que de Ellos nunca dijo nada).

De cualquier forma aquel viejo chupatintas me pareció un espíritu libre. Porque aquello de la pertenencia a machamartillo a un Nosotros a cualquier coste, se me antojaba ya un poco irracional.

Total, que hace tiempo que dejé de ser Nosotros. Tampoco “me pasé” a Vosotros ni a Ellos, sino que decidí valorar las propuestas puntuales de Nosotros, Vosotros o Ellos con objetividad en cada momento y entonces decidir.

Así comencé a formar parte de un nuevo grupo, mucho más auténtico: el de “Yo”.

Si: Yo mismo.

Quizás algún día desapareciesen los Nosotros, los Vosotros y los Ellos, y podríamos mirarnos al espejo sin hacernos preguntas sin respuesta.

19 mayo, 2009 Posted by | 1 | , , , , , | 9 comentarios

Sonados

20090308(000)En lo alto del cuadrilátero, el agotado púgil ya no sabe de dónde sacar fuerzas para superar el asalto, cuyo número hace tiempo que ha olvidado.

El paro, la hipoteca, las subidas imparables de los precios de todo tras la soga del euro, la incertidumbre… Al principio recibía cada golpe con entereza y deportividad. Con elegancia torera incluso. Mas ahora, su mirada busca con creciente ansiedad el rincón, mientras capta con impotencia la expresión de su mujer y sus hijos, sentados a dos filas de las cuerdas, que tratan de esconder su angustia tras forzadas sonrisas, que el espanto dibujado en sus ojos desbarata.

El púgil les mira fugazmente. Lo justo para clavar su imagen en la retina, como una foto, y regresar al “pumpúm” ineludible de la lucha: las colas del INEM; los portazos en la cara de las empresas; los inútiles currículum; las llamadas infructuosas; las cartas sin respuesta…

De repente, ya medio sonado, mientras se pregunta cuánto tiempo aguantará de pié, una voz le grita desde alguna parte de la cancha: “¡Verde!”

Alucinado, abre los ojos y mira hacia el fondo, perdiendo por décimas de segundo la vista al contrincante, que le premia con un doble golpe con subidas de los precios de la luz y del gas.

“¡Rojo!”, grita otra voz.

Un momento muy adecuado para encajar un inesperado mamporro en la nariz, con una factura del taller del coche, y otro en la boca del estómago, con un pago extra a la comunidad de vecinos, para cubrir los arreglos de la fachada…

Porrazos que se comen irremediablemente la última esperanza de tomar unas vacaciones.

“Eran sólo cinco días en la playa”, piensa. “Demasiados ahora…”

Mira de nuevo al rincón y se pregunta cuándo sonará la maldita campana, y podrá tener un mínimo respiro. Lo necesita. ¡Y lo necesita ya!: Sopa y pollo y patatas para comer un día si y otro también. Aguanta. Televisión en vez de cine y del teatro para qué hablar. Aguanta. Agua del grifo en lugar de refrescos. Aguanta. Ropa vieja, pero limpia. Aguanta. Prensa gratuita en vez del periódico de toda la vida. Aguanta. ¡Y pasear y pasear y pasear! Que no cuesta nada y ganas en salud.

Un tercer tipo a su espalda grita “¡Azul!”, mientras nuestro púgil se pregunta cómo esquivar la derecha potente de su adversario ¡La que tiene encima y ahora!

En un quiebro instintivo, que le provoca un leve tirón muscular en algún lugar de la espalda, se zafa hábilmente de un gancho que le llega esta vez desde su izquierda…

¡No puede descuidar ningún flanco!

Entre gritos cruzados de todos los colores a diestra y siniestra, por su mente pasa la cifra que gastó en su desesperación en la lotería del “Euromillón”, que no sirvió absolutamente para nada. Y en un momento de sarcasmo inesperado, se ve a sí mismo encarnando al mismísimo Homer Simpson, cuya imagen latente le deja un amargo sabor de boca, apenas endulzado por el hecho de comprobar que no ha perdido del todo el sentido del humor.

Entonces esboza una sarcástica sonrisa, que contrae su ya trágico rostro, cuya carne amoratada parece colgar del soporte óseo, como una flácida careta de látex, desinflada y babeante.

Da dos pasos hacia atrás. Busca inútilmente en el rincón los ojos de su entrenador, que mira para otro lado, y comprende que esta solo.

Pero hay que aguantar.

“¡Estoy totalmente sonado…!”, piensa. “Me pitan los oídos y todo lo que oigo parece llegar a través del agua. Pero mi familia me necesita. No tienen otra cosa. ¡Aguanta tío!”, se dice a sí mismo. “¡Aguanta! Aguanta…”

Y en medio del griterio surrealista que le rodea, de voces de todos los colores, el púgil se pregunta cómo ha podido llegar a esta situación.

“Quizás sería mejor tirar la toalla”, piensa. “¡A la mierda todo!”

Pero no puede rendirse. Su familia le necesita. Sus hijos le necesitan. Esta desesperado. ¡Es una pesadilla! Pero tiene que aguantar.

Y entonces levanta su voz, que se pierde inútilmente entre los gritos de unos y otros…

“¿Qué queréis de mí? ¿De donde venís ahora? ¿No veis como estoy? ¿Es que no salís a la calle? ¿Es que no sabéis nada?”

La furia le mueve algo dentro y golpea un par de veces en el aire, fuera de sí. Y el esfuerzo le agota más. Se cubre el rostro con los codos levantados, mientras el murmullo de voces parece hacerle burla desde la cancha… ¡Y vuelve a gritar!

“¿¡Es que nadie puede quitarme a esta bestia de encima!?”

Y el desigual combate continúa. Y la crisis sigue golpeando inmisericorde a nuestro héroe, sin que nadie se atreva a aventurar cuánto tiempo aguantará.

13 mayo, 2009 Posted by | Sin categoría | , , | 9 comentarios