BLOG de JUANMA BLAZQUEZ

A ver cómo te lo cuento…

Sabores en Peligro de Extinción

Blog 07 20090629 Sabores en peligro de extinciónLa “mano que escribe” lo hace trazando unos dibujos sobre un papel. Renglones que van ocupando un espacio, hasta que todo el conjunto adquiere un valor documental distinto, original: es un manuscrito.

El teclado del ordenador olvida ese arte. Todas las pulsaciones tienen el mismo resultado: pulcritud y frialdad.

Distancia.

Tampoco descarto que se trate de un achaque de “los 50”. Cuando era más joven lo único que me preocupaba era el concepto ya desarrollado: “lo que se leía”. Que se entendiese bien y que no hubiese faltas de ortografía…

Pero ahora me interesa también el soporte, su estética, su relación con el escritor, su historia (incluso sus errores). Cosas que se pierden en una pantalla como ésta.

Y es que todo escrito es como un viaje. Si lo haces por autopista ganas en velocidad, pero pierdes el sabor del camino.

Aparentemente llegas antes al mismo sitio; pero has perdido disfrutar del detalle de los lugares que median entre tu origen y tu destino: el color y la forma de las casas, los rótulos de las tiendas, los olores, la forma de vestir de la gente, los perros, las vacas, los caballos… ¡los gatos!

A lo sumo, lo máximo que ves es un rebaño en la lejanía o unos restos espachurrados y secos de algo que pudo ser un conejo o una ardilla, o un perro abandonado, pegados al sofocante asfalto.

Después, señales con fondo azul o fondo blanco y gasolineras con autoservicios idénticos, a no ser por el acento de la persona que recoge tu tarjeta de crédito.

Creo que una de las cosas más negativas del ordenador es la desaparición de los manuscritos. Es difícil que en el futuro podamos conocer como eran los trazos de nuestros escritores contemporáneos. Seguro que su escritura es algo muy distinto de estos textos pulcros, puros, definitivos, sin correcciones ni tachaduras ni zona gris. Sin la humanidad del apunte apenas legible, fruto de la duda y de la búsqueda de la perfección.

Recuerdo cuando usaba la Olivetti, la “máquina de escribir” (¡qué bonita expresión!). Incluso con ella podías apreciar si habías pulsado con más o menos fuerza, por el relieve del papel, o si el rollo de cinta estaba más o menos gastado. ¡Y qué me dices de las correcciones con tippes, que siempre dejaban huella! Así el escrito participaba de esa originalidad de la escritura a mano.

En un ordenador, incluso la misma lectura también es fría. Además, estos mismos sentimientos y sensaciones podrían desaparecer en un segundo, pues están representados de forma fraudulenta, y frágil, a partir de una oscura sucesión de ceros y de unos.

Cada vez valoro más el calor de lo fabricado a mano, por simple que sea: los objetos de autor.

Que yo recuerde, siempre he necesitado pasar los guiones de mis reportajes y documentales a papel, antes de darles el visto bueno definitivo. Luego vienen las correcciones a lápiz. Vivas y desenfadadas, que se pierden tristemente en la papelera, una vez que las he vuelto a teclear.

Por eso me llevo una agradable sorpresa cuando encuentro traspapelado algún viejo guión, lleno de correcciones garabateadas con esa característica gracia e indolencia del íntimo tachón.

Me gusta escribir a mano; la magia del papel en blanco y del bolígrafo nuevo, con su preciosa tinta concreta e impecable; la ingenuidad de ese puñado de lápices de colores con la punta recién sacada, como lista para revelarte los secretos que esconde tu cabeza; el tacto del sacapuntas de metal, su diseño sólido y preciso; el olor dulzón de la goma de borrar y, mucho mucho, la expresión de Alicia cuando tiene entre sus manos mi último escrito, casi crudo: un dibujo de palabras que acabé de pincelar a las tantas de la madrugada.

Son sabores impagables, en peligro de extinción.

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29 junio, 2009 Posted by | Sin categoría | , , , , , , , , , , | 4 comentarios

¿Qué pasó con las minas antipersonales?

Blog 06 20090618 minas antipersonales

Una de las imágenes latentes más persistentes en mi memoria es la del Hospital General de Maputo, en Moçambique, durante el rodaje de la serie “Cooperantes”, y aquellos críos con los pies amputados, sustituidos ahora por unas prótesis que, cuando yo les visité, estaban aprendiendo a utilizar.

Recuerdo especialmente a un hombre, que aquí diríamos “de pueblo”, que ni siquiera sabía hablar en portugués. Tal como me tradujeron, él no entendía nada. No entendía porqué la tierra había estallado bajo sus pies; no entendía porqué le trasladaron; no entendía donde estaba, me decía el pobre a mí, que entendía menos que él.

Otro recuerdo me lleva a Bosnia-Herzegovina, siguiendo al grupo de militares españoles destinados en Mostar, mientras desactivaban las minas que poblaban campos, pueblos y carreteras. Y como un subíndice dentro de aquel recuerdo, el último consejo del embajador, José Angel López Jorrín, antes de despedirnos:

– “Mea desde la orilla”.

Si, así de textual: “Mea desde la orilla”. Una forma enfática de advertirme que no había que salir de la carretera bajo ningún concepto.

En algunos pueblos habían volado las casas de los “vecinos-enemigos” con bombonas de gas butano. Pero lo más duro era que debajo de los escombros habían puesto minas antipersonales, para asegurarse de que si algún día volvía alguien de esa familia, volara por los aires.

Recuerdo un pueblo que estaban intentando reconstruir los “unos” y los “otros”, todos juntos, cerca de la frontera con Croacia. Un pueblo en ruinas en el que sólo un puñado de casas se salvaba. El resto esperaba a que apareciesen los soldados a desactivar las minas, si las había (que las había); pero nadie sabía cuántas, ni dónde.

En el colegio se enseñaba a los chavales a distinguirlas. Con demasiada frecuencia se habían colocado bajo neumáticos, en el campo, o debajo de objetos que pudiesen llamar la atención de cualquier crío.

Un horror.

Y en el colmo del sadismo, el de la macabra naturaleza de aquellas minas que acumulaban carga, de forma que no estallaban a la primera pisada, sino cuando ya se había pasado por encima 10 o 15 veces; cuando ya la víctima (cualquiera, tú mismo) pensaba que el lugar estaba fuera de peligro. Me lo contaba un médico español en Maputo, al tiempo que se alegraba de que los casos ya se hubieran reducido a sólo tres o cuatro a la semana…

Todos estos recuerdos, no lo son tal para los millones de personas que viven aún en peligro, en tantas partes del mundo en donde la paz es un concepto que hace generaciones que no se conoce, o se vive con miedo.

El Tratado de Ottawa, que prohibía la producción y venta de minas antipersonales (y la utilización; ¡pero vete a contárselo!), entró en vigor en 1999 y tenía como objetivo haber logrado su eliminación en todos los estados firmantes en este año 2009. Vano empeño, si pensamos que países como Rusia, Estados Unidos, la India o China no han querido saber nada del asunto.

Pero no solo ellos, todos parecemos haber olvidado la crueldad que se oculta bajo tierra, junto a estos artefactos, cuyo resultado tuve el triste privilegio de conocer.

Circunstancia que debería hacernos reflexionar sobre la responsabilidad de los países desarrollados, los “nuestros”,  en todo ello. Quizás deberíamos dejar de mirarnos el ombligo, volver la vista hacia todas esas “zonas calientes” del planeta y preguntarnos por la decadencia de nuestra propia humanidad y qué hemos hecho para que la vida nos importe tan poco.

18 junio, 2009 Posted by | Sin categoría | , , , , , , , | 2 comentarios

Respétame, respétate

Blog 04 20090604 Respétame, respétateProbablemente sea una cuestión de perspectiva. Por un lado sabes que están ahí gracias a ti, sin olvidar que ese “ti” es un falso pronombre personal del singular, puesto que engloba a miles, incluso millones de personas que decidieron contigo quienes debían de representarles. Es decir, que están ahí porque un número suficiente de “ti” así lo han decidido.

Y esa es la cuestión básica. La que te lleva a preguntarte cómo es posible que todos esos miles de “ti” tengan que descubrir en cada ciclo electoral el decepcionante nivel de sus representantes.

Antes, cuando el nivel cultural de este país era, más que bajo, de una tristeza descorazonadora, recuerdo cómo nuestros mayores expresaban su admiración con la frase “qué bien habla”.

¡Claro! El nivel se le suponía y envidiaba.

Pero el país ha cambiado. Los universitarios comparten la cola del INEM con culturas de todos los orígenes y niveles, y la vara de medir ya no pasa por el grado de elocuencia, sino por el contenido del mensaje.

¿Y qué tenemos?

Si el Congreso fuese un establecimiento comercial y hubiésemos de guiarnos por lo que dicen los congresistas de sí mismos, sería horrible: corrupción, falta de patriotismo, insolidaridad con el ciudadano, falta de realismo, engaño al pueblo… ¿Quién iba a fiarse de gente así?

Cuando uno de los representantes de unos “ti” habla de otros representantes de otros “ti” nunca debería de olvidar que la agresión verbal que vierte con deportiva inconsciencia contra su “compañero de escaño”, aunque esté enfrente y no al lado, es una agresión contra la misma clase política, que es tanto como decir una agresión contra las personas que han ejercido el constitucional derecho de voto.

Y no digamos de la falta de respeto, de “decoro”, incluso de “vergüenza”, que suponen las campañas publicitarias. Sus contenidos, además, absolutamente primarios, dan una idea desoladora de la opinión que estos representantes tienen sobre el nivel de sus votantes: juegos de palabras de colegio, miedos, mensajes banales, puestas en escena absurdas, copiadas de las campañas americanas, esas que siempre nos parecieron excesivamente cinematográficas e infantiles.

Votar es un derecho que cada una de las familias de este país se ha ganado a costa de su propia sangre, la de todos los antepasados que entregaron su vida por ejercer ese derecho.

Por eso os exijo un mínimo de respeto.

Contadnos por favor qué propuestas tenéis para nosotros.

Contadnos por favor qué nos estamos jugando con las elecciones europeas.

Contadnos por favor qué os diferencia y qué os une de cara a Europa.

Nos lo debéis y os lo debéis a vosotros mismos.

Para peleas e insultos ya tenemos la calle. Pero incluso cuando hay una pelea en la calle la gente común trata de separar y de calmar a cada uno, más que de tomar partido y linchar al otro. No es propio de ellos y es muy decepcionante que nuestros líderes se comporten así.

Yo voy a meter tu nombre dentro de una urna. Por favor: respétame.

4 junio, 2009 Posted by | Sin categoría | , , , | 9 comentarios

El Antagonista Silencioso

Blog 03 El Antagonista SilenciosoA menudo, en los cursos de guión y realización del Instituto Oficial de Radio y Televisión (IORTV) de TVE desglosaba con los alumnos los distintos personajes que aparecían en reportajes y documentales, señalando con especial interés el valor de los “Antagonistas”.

Efectivamente, y al igual que ocurre con las historias de ficción, en el reportaje siempre debe de estar presente el “Antagonista”, como “responsable” del conflicto que afecta al “Protagonista” de nuestra información.

Así, siempre había un personaje de corte más o menos siniestro al que achacar todos los males. A veces era el dictador de un país; otras, fascistas que pasaban de la teoría a la práctica (y soy generoso concediéndoles una fase “teórica”) que se concretaba en torturas, secuestros y asesinatos; o empresarios de multinacionales sin escrúpulos; fiscales reaccionarios que aplicaban la pena de muerte sin perder un minuto de sueño; asesinos y delincuentes más o menos habituales, ya sea de guante blanco o de cuero, o de los de manotazo limpio; terroristas de todos los tamaños, estados, nacionalidades, pueblos, barrios, religiones o ideologías y en resumen, lo que podríamos llamar… “canallas de todo tipo”.

El personaje “Antagonista” era por tanto tan heterogéneo como lo permitía el abanico de la actualidad. Y si no lo teníamos, había que buscarlo. ¡De eso se trataba: de encontrar a los culpables!

Mas recuerdo que una tarde, visionando en clase uno de mis “Cuadernos de Paso”, alguien poco caritativo conmigo, teniendo en cuenta la bondad de los contenidos de esta serie documental, tuvo la falta de delicadeza de preguntarme:

– “Y aquí ¿quién es el Antagonista?”

– “¡Tú mismo!”, me dieron ganas de contestarle.

A ver: un artesano fabricando alpargatas; una señora que hace bolillos, un pastor y cuatro gatos… y un listillo que se empeña en fastidiarme la clase.

¡El Antagonista…!

Porque, claro, dos días antes, yo afirmaba, con rotunda convicción, que “frente al Protagonista de cualquier relato informativo, siempre hay un Antagonista”.

Desconozco, o he olvidado por humana supervivencia, cómo salí de aquel aprieto; pero siempre me quedó aquella pregunta en el aire…

…hasta que, hace poco, encontré la respuesta.

Se trataba de una noticia en relación con uno de los protagonistas de “Cuadernos de Paso”. Del “Cuaderno de Cervantes”, en Sanabria, concretamente. Su nombre: Horacio Rodríguez. Me contaron que acababa de fallecer.

Horacio era un sabio que apenas había cruzado el umbral de los 80 años de edad, y era admirado por todos aquellos que lo conocieron. Había reunido un verdadero museo etnológico en su pueblo, San Ciprián de Hermisende, en la raya con Portugal, con una colección enorme de objetos, que incluía más de un centenar de máquinas de coser de todas las épocas, en las que era un experto, así como un sinfín de viejas historias, por las que era considerado un “contacontos” (un “cuenta cuentos”).

Y Horacio había fallecido. No tuvo tiempo de verse en televisión en “Cuadernos de Paso”, en una charla en una cocina baja, una “lareira”, entre él, el catedrático e investigador Leandro Rodríguez, impulsor de la teoría de que Miguel de Cervantes era judío y sanabrés (de la que ya hablaremos) y yo mismo. Horacio falleció antes de la emisión del documental, lo que me apenó profundamente.

Unas semanas después hubo una reunión en su honor en su pueblo natal, a la que no pude asistir, pero a la que envié un escrito defendiendo que había que hacer un estudio del material (inmenso material) etnológico reunido por Horacio, lo cual constituiría según mi humilde opinión el verdadero homenaje que podía (y debía) de hacérsele a este “Anticuario de Viejas Tecnologías”, como a él le gustaba definirse.

Meses más tarde, en los Oscos (Asturias), tuve ocasión de hablar otra vez del tema de la urgencia de recuperar los testimonios de toda esta generación anterior a la digitalización de nuestras vidas que, como Horacio, estaba desapareciendo, a fin de rescatar su memoria, en verdadero (ya crítico) peligro de extinción.

Ellos vivieron una guerra, sufrieron el exilio y fueron emigrantes; pero también cantaron, bailaron y desarrollaron costumbres propias de una cultura rural arrinconada por el progreso y, a menudo, despreciada.

Sería una acción de un valor incalculable rescatar esa memoria, que es la de todos. (¡Y no es tan complejo: es algo así como tomar una cámara y grabarles, simplemente, en cada pueblo!)

Pero volviendo al tema inicial, la cuestión es que, inexplicablemente, la muerte de Horacio me devolvió a aquella clase del IORTV y a aquella ingrata pregunta del no menos ingrato y sibilino meritorio: “¿Y aquí, quién es el Antagonista?”

Ahora ya se la respuesta.

El Antagonista es ese “devorador y consumidor de todas las cosas”, que decía Miguel de Cervantes.

Un Antagonista Silencioso, llamado “Tiempo”.

1 junio, 2009 Posted by | Sin categoría | , , , , | 2 comentarios