La discreción de los Cooperantes
Hace unos años tuve ocasión de dirigir una serie para TVE a la que titulé “Cooperantes”, centrada en la cooperación española en el mundo.
Fue una experiencia potente, de las que te dejan una huella imborrable, no ya en la memoria, sino incluso en tu propia visión de la vida.
Allí pude conocer a muchos cooperantes en países en donde no lo tenían nada fácil como Moçambique, Territorios Ocupados (Palestina), Filipinas, Bosnia Herzegovina, Marruecos o la propia Mauritania, que ahora ha saltado a primera página de los periódicos con el triste asunto del secuestro de los tres cooperantes españoles.
Y observando en los informativos las imágenes del convoy del que formaban parte, lo primero que me ha saltado a la vista es la “ausencia” de “algo” cuya mención es posible que muchos puedan achacar de inadecuada o inoportuna.
“Algo” que caracterizaba a todos y cada uno de los cooperantes que conocí durante el rodaje de la serie: la discreción.
Sí, “discreción”.
Puedo decir que en su inmensa mayoría no había nada en ellos que hiciese sospechar que se tratase de cooperantes. Aparecían a la cita con sus vaqueros, su ropa sencilla sin marcas destacables ni rótulos y, a menudo, con una pequeña bolsa al hombro o una mochila para sus cosas. Así nos acompañaban a mi equipo y a mí que, por otra parte, nuestra única seña de identidad era la inevitable presencia de los aparatos del cámara y el técnico de sonido.
En el documental el cooperante aparecía en las secuencias (de eso se trataba), pero solo se le identificaba en el montaje final, una vez que se dirigía a cámara en la entrevista.
Tampoco recuerdo que se prodigaran entre ellos ese tipo de chalecos que gusta portar a algunos reporteros, que trabajan eventualmente en el tercer mundo, ni, por supuesto, ningún tipo de rótulo que mostrase su origen o función, que yo definía en el texto del guión.
Porque los cooperantes trabajaban mucho mejor “fundiéndose” en lo posible con la población. Incluso era una práctica generalizada funcionar en colaboración con ONG’s locales, con lo que a menudo mi interlocutor, a pesar de representar a una organización o asociación española, era un hombre o mujer del mismo país, con lo que la integración y la eficacia de las ayudas eran mucho mayores.
Y en cuanto al transporte ocurría otro tanto, de forma que la distribución de la ayuda se realizaba de forma discreta, sin esa necesidad imperiosa de enseñar “la marca”.
No pretendo hacer ninguna crítica con esto, pues nada hay más loable, admirable y útil que la acción humanitaria desinteresada, sea ésta cual fuere en volumen, tiempo o lugar; pero si hacer una reflexión sobre las fórmulas más adecuadas, en aras a conseguir que esta acción humanitaria conlleve un riesgo menor para las personas que la ejercen, y consiga una mayor eficacia.
Y la discreción de la cooperación es sin duda un elemento fundamental.
Ahora solo nos queda esperar que los tres cooperantes españoles secuestrados en Mauritania vuelvan pronto a casa, sanos y salvos, y aprender de esta terrible experiencia para el futuro.
Día de los Derechos del Niño: NO A LA PORNOGRAFÍA INFANTIL
Nunca terminé de entender el concepto pornografía infantil.
“Pornografía infantil…”
Me explico: ¿Puede ser infantil la pornografía? ¿Es “infantil” gozar con la visión de un pequeño cuerpo que está siendo violado por un adulto, que además siente algún extraño placer en ser observado u observar “ese acto” a través de Internet?
Mas, una vez admitido el término, me pregunto si esa explotación que denota la pornografía infantil es tan ajena a nuestras occidentales y desarrolladas vidas.
Sin necesidad de hacer un gran esfuerzo no me cuesta nada recordar, por ejemplo, a un hombre grueso, con pelo y barba blanca y acento alemán, acompañado de una cría en La Habana, en Cuba, en actitudes que claramente hacían descartar que se tratase de un pariente, y denotaban que no era más que otra muestra de esa repugnante variante del “turismo sexual” dedicada a la caza de una menor.
Y lo más triste: a nadie parecía importarle.
O, hace ya unos años, recuerdo ciertos locales de las afueras de Manila, en Filipinas, llenos de turistas que, por razones que no acabo de entender, se sentían (y se siguen sintiendo, supongo) liberados de toda conciencia moral ante el hecho de tener ante sus ojos la evidencia de la explotación sexual de niñas, tal como pude constatar el día en que tuve el triste honor de ser invitado de forma inadvertida a darme una vuelta por allí, sin asomo de repulsión por parte del tipo que nos guiaba, que “controlaba el tema” y se movía como pez en el agua.
Un tipo que lo único que dejó en mi memoria fue la escalofriante impresión de que se trataba de alguien con cierta clase, sin esa especie de “tara” en el gesto, la educación o las formas que imaginamos debería de evidenciarse en personajes con tales instintos pedófilos.
No.
Tal como nos revelan las noticias de las acciones policiales, ocurre a menudo que detrás de la “pornografía infantil” se encuentran padres de familia o considerados profesionales de vidas más o menos grises y anónimas, hasta que un día se descubre que tienen el disco duro abarrotado de imágenes de “niños crudos” utilizados para vaciar en ellos las más oscuras e inimaginables pasiones, que marcarán el resto de su vida.
Es tan espantoso que a mí me cuesta llamarle “solo” “pornografía infantil”, como si ese concepto no fuese capaz de abarcar tanta perversidad.
Hoy es el “Día de los Derechos del Niño” caracterizado por el repudio social a la “pornografía infantil”.
Un concepto que nunca debió de existir.
Pero los occidentales pertenecemos a los países más desarrollados del mundo.
Tenemos de todo…
Pena de muerte, pena… de muerte.
Acabo de recibir un mensaje de Amnistía Internacional en el que se me comunica que, a pesar de las miles de cartas enviadas pidiendo la conmutación de su pena de muerte, el “kurdo-iraní Ehsan Fattahian, miembro de la minoría kurda de Irán, fue ejecutado en la provincia de Kurdistán, en el noroeste de Irán, la madrugada del 11 de noviembre.”
Terrible noticia que me devuelve a los años en que conocí a David Allen Castillo en el Corredor de la Muerte de la Prisión de Alta Seguridad de Huntsville, en Texas.
Entonces, como hoy, la mayoría de los que esperaban allí la inyección letal eran hispanos o negros y, sobre todo, pobres.
Recuerdo que el día de la entrevista (de lo cual me enteré después, horrorizado) estaba marcado como fecha de ejecución para David; pero el día anterior su abogado había conseguido treinta días más de plazo.
La historia de David Castillo fue el hilo conductor del documental que hice para el programa “Documentos TV” (TVE) al que titulé simplemente “Death Row: el Corredor de la Muerte”, haciendo referencia al lugar y al reo, puesto que “el Corredor de la Muerte” no era la traducción de death row, sino una alusión a David Castillo, al que acusaban de haber dado muerte al dueño de una licorería.
Pero no había pruebas y esa fue la base de mi investigación.
Una investigación que comenzó con una entrevista al propio David, que conseguí a pesar de la indiferencia y el desprecio que me demostró la administración de aquella prisión hacia David. Porque nadie entendía que yo quisiese hablar con un tipo así.
Recuerdo que, una vez en Huntsville, pude hablar con David solo gracias a la colaboración de un funcionario hispano, al que tuve que mentir contándole que el viaje de todo el equipo (producción, cámara, sonido y yo mismo) había sido tan caro que si volvía sin la entrevista nos echaban del trabajo, y así finalmente accedieron.
El tema “económico” funcionó: dos horas de entrevista con David.
Después hice mi trabajo.
Hable con su familia y su abogado y, por supuesto, con la otra parte: hablé con el fiscal, un tal René Guerra, y pude entender, a través de sus palabras, lo duro que lo tenía David.
Aun así pude demostrar que no había ninguna prueba contra David.
Que todas eran pruebas circunstanciales.
Que la única prueba era la huella de una zapatilla de deporte que ningún experto certificó que perteneciese a David.
Que el abogado, de oficio, apenas intervino (David era pobre).
Que tenían otro candidato culpable: un tal Martínez, del que encontraron la huella de la palma de su mano en el mostrador de la licorería, en el lugar de la caja registradora que habían robado; pero se les había escapado. Y que la policía fué presionada por el fiscal para que su declaración sobre este asunto no sirviese para exculpar a David.
Que la madre de un primo de David había tenido relaciones con el dueño de la licorería donde ocurrió el crimen, y que ella había muerto durante una discusión con él. Y que desde entonces ese primo, un tal Pitt, odiaba a toda esa familia por ello.
Y que el tal Martínez y Pitt eran amigos…
Mucha mucha información que ponía en cuestión toda la estrategia del fiscal.
El documental salió y movió mucha prensa y muchas cartas (como ocurre hoy) de Amnistía Internacional y mucha solidaridad desde toda España.
Y, aparentemente, logró su objetivo. Se emitió en el sur de Texas, en la zona en donde ocurrió todo, junto a la frontera con México, en el entorno de Mc.Allen, y finalmente a David le dieron un nuevo juicio y sobrevivió.
O eso es lo que yo pensé aliviado, pero estaba equivocado.
Porque nueve años después (¡nueve años!) Cesar Díez, por entonces responsable de Amnistía Internacional en España, me llamó para darme la noticia de que David había sido ejecutado en Huntsville, por inyección letal.
Muy fuerte.
¡Qué tenacidad, la de aquel fiscal!
¡Qué implacable esa sociedad!
Que injusticia.
Ahora, hoy, Amnistía Internacional sigue luchando contra ese muro, no sólo en EE.UU., con o sin Obama, sino en todo el mundo.
Y con cada carta de A.I. vuelvo a ver a David detrás de aquel cristal lleno de huellas de contactos imposibles; a su hermano, que me decía que cuando estaba triste ponía mi documental para ver a David, y así lo llevaba mejor; a su hermana; a su madre…
Ahora le ha tocado a Ehsan Fattahian, a quien mi inquieta imaginación ha vuelto a poner la cara de David Allen Castillo.
Otra vez…
¡Qué putada!
Qué putada…
José Luis López Vázquez no puede morir…
Nunca le conocí en persona, pero vive dentro de mí como si fuese parte de mi familia o de mi historia.
Incluso a diferencia de lo que me ocurre con otros parientes más o menos lejanos, con él tengo la suerte de poder disfrutar de su presencia cuando lo desee.
Y es así porque le puedo ver cuando quiera a través de una pantalla de cine, o televisión. Interpretando un papel que ya me es familiar y gozando además de una salud excelente, puesto que aparece tal como le recuerdo, año tras año, mientras que yo voy sufriendo la inevitable decadencia del paso del tiempo.
Y a diferencia de mí, ¡él nunca cambia!: encarna con la misma vehemencia a esos personajes que dejaron su presencia de forma imborrable en mi memoria. Y puedo verle en movimiento y oírle; puedo reír o llorar una vez más con sus historias, siempre nuevas, una vez que me enganchan otra vez desde la pantalla.
Puedo “disfrutar” con él.
Y si puedo disfrutar con él no es a causa de que viva, o no, en alguna parte de ahí fuera, sino porque para mí está vivo en “ese” momento.
“Ahora”.
Dicen que Jose Luis López Vázquez ha muerto; pero es imposible. Ayer mismo lo vi junto a Pepe Isbert, Alberto Closas y Amparo Soler Leal buscando a un niño que se había perdido… ¡O no!: era el “señorito” de Gracita Morales… ¡O creo que estaba metido en una cabina telefonica, pasando una angustia tremenda, el hombre…! Además, mañana me aseguran que lo veré preparando un atraco a un banco…
Sí: ¡a las tres!
Entonces no me pueden decir que ha muerto.
Es imposible.
Y lo que es más: creo que todo el mundo se equivoca: Jose Luis López Vázquez nunca morirá; porque cada vez que lo vea en la pantalla Jose Luis entrará en mi presente y mi “ahora” y moverá “sentimientos nuevos” en mi interior.
No. No ha podido morir. Porque él, como el Cine, siempre formará parte de “la vida”.
De nuestra vida.
Te queremos Jose Luis.
“Querida amiga…”
Ayer fui invitado a asistír a la presentación de un documental en Madrid, en el Centro de Arte Reina Sofía. Se trataba de “Querida Doña Elena”, producido por TV3 dentro de la serie “Sense ficció”.
Inesperadamente, fue un reencuentro con sentimientos trasnochados.
Emoción, diversión, ternura… Muchas sensaciones se me vinieron encima al volver a escuchar los viejos programas de radio de Elena Francis, recreados magníficamente en el documental.
El guión y la dirección de Joseph Rovira y una más que sugerente realización de Lluis Monserrat, fueron capaces de crear una atmósfera que me arrancó de la butaca para trasladarme a los años de la niñez y a recuperar un puñado de recuerdos.
El primero, el de una radio Telefunken enorme, con dos filas de teclas de marfil, que presidía el salón de mi casa, desde el aparador.
El segundo, la imagen de mi abuela Alberta cosiendo, con sus gafas redondas y su pequeño moño blanco, junto a la ventana.
Y el tercero, a mí mismo sentado junto a ella en una silla, tan pequeño que mis pies aún no llegaban al suelo, pegando aquellos cromos preciosos de cartón ¡en color! de “Rintintín”, la serie que había cambiado hasta nuestros juegos en la calle, en los que, por supuesto, yo me pedía siempre ser el cabo Rusti. A los demás no les importaba. Preferían ser “indios” o “americanos” y liarse a tiros o atravesarse con lanzas y flechas mientras yo me ocupaba de mi perro. Además yo era el más pequeño, así que me iba bien el papel.
Recuerdo que entonces salió el álbum de cromos. Fue la primera colección que hice. Los compraba en “el puesto verde” o en “Berta”, una pequeña tienda mezcla de papelería y chuches de mi barrio de entonces, y los pegaba con mimo, con agua y harina, que era lo que todos usábamos en el colegio.
Y precisamente el hilo conductor de todos estos recuerdos eran aquellas tardes de abuela, de radio y de cromos, bajo la banda sonora inevitable de Elena Francis.
Así que, a los pocos minutos de comenzar el documental yo ya estaba fuera del Reina Sofía, reviviendo “en color” aquellos años 60 y, siempre, con una sonrisa. Porque uno de los mayores logros de “Querida Doña Elena” es que consigue arrastrarte hasta la vida en aquellos años “sin rencor”, a pesar de la dureza del trasfondo de las cartas y, no digamos, de las respuestas, trascendiendo su propio contenido para servir de vehículo para llevarte de viaje a través del tiempo, tal como me ocurrió a mí.
En la sala, además de la dirección de tv3, decidida defensora de una televisión pública de calidad, y los autores del documental, encontré entre otros a Manolo Sánchez, director de Documentos TV, quien me aseguro que tras su emisión en la televisión pública catalana TV3, también podríamos verlo en el resto de España en TVE.
Espero que sea pronto y podáis disfrutarlo porque, dado el amplio abanico de años de emisión del programa de la Francis, seguro que una parte os toca también a vosotros. Así, podréis recuperar un puñado de preciosos recuerdos y, todos, con el fondo de aquella música y aquella extrañamente dura y cálida voz que decía:
“Querida amiga…”
(Por cierto que el álbum de Rintintín, perdido hace tiempo, pude recuperarlo casualmente al encontrarlo en un puesto de la Feria del libro de Madrid, hace ya unos años. Recuerdo que cuando lo ví se me saltaron las lágrimas. Debe de ser cosa de la edad…)
Por Amor al Arte
Se abre el telón.
A la izquierda del escenario un hombre remueve unos papeles sobre una mesa mientras, poco a poco, a su alrededor van surgiendo otros personajes que tratan, por lo que se ve, de decidir cual será la obra a ensayar para la proxima representacion.
A continuación, como si de unos “flash back” mágicos se tratase, los mismos actores nos dejan visualizar escenas de las obras, todas clásicas (¡y en verso!) que se están valorando sobre la mesa.
Todo esto sucede en un pueblo de Madrid, Villa del Prado, en donde el grupo de teatro local, “Armonía”, al que tuve ocasión de grabar una obra memorable para el documental “Cuaderno de Cenicientos”, pone su grano de arena para estrenar el nuevo “Centro de Artes”.
Hasta ahí todo normal, pero solo aparentemente.
La cuestión es que se trata de un grupo de teatro independiente que comenzó su andadura hace 25 años. Un grupo de teatro integrado por actores del pueblo que, durante todo ese tiempo, han llevado ese arte a sus vecinos a cambio “de su aplauso”. Los protagonistas, un churrero, un pastor, un funcionario, un estudiante… Hasta tres generaciones se ven representadas allí.
Para mi, desde la séptima fila del patio de butacas, la representación se me antoja, conociendo esta circunstancia, cosa de héroes.
¿Quién si no se entregaría a sus vecinos de esa manera, metiendo verdadera cultura clásica allí en donde, de otra manera, difícilmente habría llegado?
Y además de que forma: desde el escenario fueron capaces de hacernos reír con “Don Mendo”, sufrir con “Fuenteovejuna”, irritarnos con un Don Juan chulo y malvado “como los de verdad”, ponernos trascendentes con las sabias palabras de “La Celestina”, o asombrarnos con un cambio de papeles arriesgado y moderno que hubiese firmado cualquier director de teatro “de la capital”.
Una obra espléndida que me retrotrajo a los tiempos heroicos retratados en aquella película memorable “Viaje a ninguna parte”; a aquellos cómicos clásicos y puros que aprendieron el oficio de si mismos, y lo alimentaron con entusiasmo y amor por las tablas, mas allá de las corruptelas de la fama y de la prensa del corazón (que no existía, al menos como ahora).
El grupo de teatro “Armonía”, como aquellos, trabaja por amor a la profesión, entregando todo lo que tienen, que no es solo su tiempo, ¡que ya es mucho!, sino también el vestuario, el atrezo, la música y una pasión enorme que todos guardan en los viejos baúles de sus casas y sus corazones.
Es un gesto de generosidad que, probablemente, comparten con otros grupos de teatro independiente repartidos por este país.
Yo les quiero dar las gracias por su regalo. Por ser capaces de hacerme soñar en una calurosa tarde de verano.
Y lo mas increíble, dado los tiempos que corren: que todo lo hagan “por amor al arte”.
De verdad: muchas gracias.
Se cierra el telón.
Sabores en Peligro de Extinción
La “mano que escribe” lo hace trazando unos dibujos sobre un papel. Renglones que van ocupando un espacio, hasta que todo el conjunto adquiere un valor documental distinto, original: es un manuscrito.
El teclado del ordenador olvida ese arte. Todas las pulsaciones tienen el mismo resultado: pulcritud y frialdad.
Distancia.
Tampoco descarto que se trate de un achaque de “los 50”. Cuando era más joven lo único que me preocupaba era el concepto ya desarrollado: “lo que se leía”. Que se entendiese bien y que no hubiese faltas de ortografía…
Pero ahora me interesa también el soporte, su estética, su relación con el escritor, su historia (incluso sus errores). Cosas que se pierden en una pantalla como ésta.
Y es que todo escrito es como un viaje. Si lo haces por autopista ganas en velocidad, pero pierdes el sabor del camino.
Aparentemente llegas antes al mismo sitio; pero has perdido disfrutar del detalle de los lugares que median entre tu origen y tu destino: el color y la forma de las casas, los rótulos de las tiendas, los olores, la forma de vestir de la gente, los perros, las vacas, los caballos… ¡los gatos!
A lo sumo, lo máximo que ves es un rebaño en la lejanía o unos restos espachurrados y secos de algo que pudo ser un conejo o una ardilla, o un perro abandonado, pegados al sofocante asfalto.
Después, señales con fondo azul o fondo blanco y gasolineras con autoservicios idénticos, a no ser por el acento de la persona que recoge tu tarjeta de crédito.
Creo que una de las cosas más negativas del ordenador es la desaparición de los manuscritos. Es difícil que en el futuro podamos conocer como eran los trazos de nuestros escritores contemporáneos. Seguro que su escritura es algo muy distinto de estos textos pulcros, puros, definitivos, sin correcciones ni tachaduras ni zona gris. Sin la humanidad del apunte apenas legible, fruto de la duda y de la búsqueda de la perfección.
Recuerdo cuando usaba la Olivetti, la “máquina de escribir” (¡qué bonita expresión!). Incluso con ella podías apreciar si habías pulsado con más o menos fuerza, por el relieve del papel, o si el rollo de cinta estaba más o menos gastado. ¡Y qué me dices de las correcciones con tippes, que siempre dejaban huella! Así el escrito participaba de esa originalidad de la escritura a mano.
En un ordenador, incluso la misma lectura también es fría. Además, estos mismos sentimientos y sensaciones podrían desaparecer en un segundo, pues están representados de forma fraudulenta, y frágil, a partir de una oscura sucesión de ceros y de unos.
Cada vez valoro más el calor de lo fabricado a mano, por simple que sea: los objetos de autor.
Que yo recuerde, siempre he necesitado pasar los guiones de mis reportajes y documentales a papel, antes de darles el visto bueno definitivo. Luego vienen las correcciones a lápiz. Vivas y desenfadadas, que se pierden tristemente en la papelera, una vez que las he vuelto a teclear.
Por eso me llevo una agradable sorpresa cuando encuentro traspapelado algún viejo guión, lleno de correcciones garabateadas con esa característica gracia e indolencia del íntimo tachón.
Me gusta escribir a mano; la magia del papel en blanco y del bolígrafo nuevo, con su preciosa tinta concreta e impecable; la ingenuidad de ese puñado de lápices de colores con la punta recién sacada, como lista para revelarte los secretos que esconde tu cabeza; el tacto del sacapuntas de metal, su diseño sólido y preciso; el olor dulzón de la goma de borrar y, mucho mucho, la expresión de Alicia cuando tiene entre sus manos mi último escrito, casi crudo: un dibujo de palabras que acabé de pincelar a las tantas de la madrugada.
Son sabores impagables, en peligro de extinción.
¿Qué pasó con las minas antipersonales?

Una de las imágenes latentes más persistentes en mi memoria es la del Hospital General de Maputo, en Moçambique, durante el rodaje de la serie “Cooperantes”, y aquellos críos con los pies amputados, sustituidos ahora por unas prótesis que, cuando yo les visité, estaban aprendiendo a utilizar.
Recuerdo especialmente a un hombre, que aquí diríamos “de pueblo”, que ni siquiera sabía hablar en portugués. Tal como me tradujeron, él no entendía nada. No entendía porqué la tierra había estallado bajo sus pies; no entendía porqué le trasladaron; no entendía donde estaba, me decía el pobre a mí, que entendía menos que él.
Otro recuerdo me lleva a Bosnia-Herzegovina, siguiendo al grupo de militares españoles destinados en Mostar, mientras desactivaban las minas que poblaban campos, pueblos y carreteras. Y como un subíndice dentro de aquel recuerdo, el último consejo del embajador, José Angel López Jorrín, antes de despedirnos:
- “Mea desde la orilla”.
Si, así de textual: “Mea desde la orilla”. Una forma enfática de advertirme que no había que salir de la carretera bajo ningún concepto.
En algunos pueblos habían volado las casas de los “vecinos-enemigos” con bombonas de gas butano. Pero lo más duro era que debajo de los escombros habían puesto minas antipersonales, para asegurarse de que si algún día volvía alguien de esa familia, volara por los aires.
Recuerdo un pueblo que estaban intentando reconstruir los “unos” y los “otros”, todos juntos, cerca de la frontera con Croacia. Un pueblo en ruinas en el que sólo un puñado de casas se salvaba. El resto esperaba a que apareciesen los soldados a desactivar las minas, si las había (que las había); pero nadie sabía cuántas, ni dónde.
En el colegio se enseñaba a los chavales a distinguirlas. Con demasiada frecuencia se habían colocado bajo neumáticos, en el campo, o debajo de objetos que pudiesen llamar la atención de cualquier crío.
Un horror.
Y en el colmo del sadismo, el de la macabra naturaleza de aquellas minas que acumulaban carga, de forma que no estallaban a la primera pisada, sino cuando ya se había pasado por encima 10 o 15 veces; cuando ya la víctima (cualquiera, tú mismo) pensaba que el lugar estaba fuera de peligro. Me lo contaba un médico español en Maputo, al tiempo que se alegraba de que los casos ya se hubieran reducido a sólo tres o cuatro a la semana…
Todos estos recuerdos, no lo son tal para los millones de personas que viven aún en peligro, en tantas partes del mundo en donde la paz es un concepto que hace generaciones que no se conoce, o se vive con miedo.
El Tratado de Ottawa, que prohibía la producción y venta de minas antipersonales (y la utilización; ¡pero vete a contárselo!), entró en vigor en 1999 y tenía como objetivo haber logrado su eliminación en todos los estados firmantes en este año 2009. Vano empeño, si pensamos que países como Rusia, Estados Unidos, la India o China no han querido saber nada del asunto.
Pero no solo ellos, todos parecemos haber olvidado la crueldad que se oculta bajo tierra, junto a estos artefactos, cuyo resultado tuve el triste privilegio de conocer.
Circunstancia que debería hacernos reflexionar sobre la responsabilidad de los países desarrollados, los “nuestros”, en todo ello. Quizás deberíamos dejar de mirarnos el ombligo, volver la vista hacia todas esas “zonas calientes” del planeta y preguntarnos por la decadencia de nuestra propia humanidad y qué hemos hecho para que la vida nos importe tan poco.
Brindis por la Quinta del 56
Llegó junio del 2009.
Para mí es un mes repleto de historias y presencias. La primera, la imagen latente de un visionado en la sala de edición de Prado del Rey, de uno de los últimos “Cuadernos de Paso”, con un productor ejecutivo preguntándome la edad.
-“Cincuenta años”.
Por entonces aún no se había materializado la esencia del ERE. Estaba tan lejos y era tan irreal que parecía una ficción improbable. Pero no era así.
Han pasado tres años desde aquel recuerdo, y uno casi exacto desde que dejé TVE, tras treinta y cinco años en “la casa”. Después de tanto tiempo, un solo año no ha sido suficiente para hacerme a una situación llena de incógnitas. Las ideas siguen manando como el agua de un grifo que no puedo cerrar, a pesar de la consciencia de saber que el vaso que la recogía “ya no está”.
El ERE de RTVE en mi caso, como en el de muchos otros, llegó acompañado de extrañas coincidencias y paradojas. La más llamativa, la de haber nacido el mismo año que Televisión Española: 1956. Ambos somos de la misma quinta: la quinta del 56.
Disfrutamos de treinta y cinco años de vida en común. Y en ese dilatado espacio de tiempo mi impulso estaba tan unido al de esa casa que todo lo que tenía sentido en mi creatividad lo tenía porque formaba parte de una secuencia: eran ritmos, eran estructuras narrativas, eran sonidos que a su vez eran música y mensajes no verbales, eran planos que aguantaban sólidos e inmóviles una tensión, o una mirada, o un vacío. Más que un oficio, había llegado a ser una forma de lenguaje natural: yo era así. Mi mirada era así. Mis sensaciones eran así. Treinta y cinco años así.
Pero alguien decidió que el ERE era lo mejor para TVE.
Lo dudo. Lo dudo mucho.
Cuando veo a mis compañeros fuera de la casa, a todos nos va bien, nos decimos, pero todos tenemos esa mirada perpleja y perdida en puntos que solo nosotros sabemos reconocer y encontrarnos.
La pregunta sencilla es ¿porqué nos han apartado? ¿Porqué desperdiciar una evolución de 35 años de alguien que tiene 52? ¿Qué han ganado con ello? Aquellos que desde el gobierno del PSOE se empeñaron en sacarnos de nuestro oficio a nuestra edad con el argumento de rejuvenecer la plantilla tenían más años que nosotros (Pedro Solbes, Maria Teresa Fernández de la Vega…) Y si realmente creían en el valor y eficacia de ese rejuvenecimiento ¿porqué no se lo aplicaron ellos mismos?
Y junto a ellos, el ensordecedor silencio de los medios: las televisiones; las radios; esa prensa escrita que a menudo elogió nuestro trabajo; los compañeros del cine, que no hicieron ninguna declaración solidaria con los cámaras, técnicos de sonido, realizadores, documentalistas, productores, guionistas, montadores, eléctricos, etc. y así hasta más de 4000 que salimos de RTVE con todo nuestro bagaje metido dentro de una caja de cartón.
Nunca entendí su silencio, que a ratos fue más doloroso que la acción del gobierno.
Y para los que quedaron tampoco hubo mucho. Incluso nos saludan con “envidia” por no tener que sufrir la humillante infrautilización de su experiencia, o el “pasillo”.
Ha pasado un año desde que salí de TVE. Las ideas siguen fluyendo. Es algo imparable y debe de ser así.
No faltará una copa que llenar con ellas, para brindar por el futuro.
Respétame, respétate
Probablemente sea una cuestión de perspectiva. Por un lado sabes que están ahí gracias a ti, sin olvidar que ese “ti” es un falso pronombre personal del singular, puesto que engloba a miles, incluso millones de personas que decidieron contigo quienes debían de representarles. Es decir, que están ahí porque un número suficiente de “ti” así lo han decidido.
Y esa es la cuestión básica. La que te lleva a preguntarte cómo es posible que todos esos miles de “ti” tengan que descubrir en cada ciclo electoral el decepcionante nivel de sus representantes.
Antes, cuando el nivel cultural de este país era, más que bajo, de una tristeza descorazonadora, recuerdo cómo nuestros mayores expresaban su admiración con la frase “qué bien habla”.
¡Claro! El nivel se le suponía y envidiaba.
Pero el país ha cambiado. Los universitarios comparten la cola del INEM con culturas de todos los orígenes y niveles, y la vara de medir ya no pasa por el grado de elocuencia, sino por el contenido del mensaje.
¿Y qué tenemos?
Si el Congreso fuese un establecimiento comercial y hubiésemos de guiarnos por lo que dicen los congresistas de sí mismos, sería horrible: corrupción, falta de patriotismo, insolidaridad con el ciudadano, falta de realismo, engaño al pueblo… ¿Quién iba a fiarse de gente así?
Cuando uno de los representantes de unos “ti” habla de otros representantes de otros “ti” nunca debería de olvidar que la agresión verbal que vierte con deportiva inconsciencia contra su “compañero de escaño”, aunque esté enfrente y no al lado, es una agresión contra la misma clase política, que es tanto como decir una agresión contra las personas que han ejercido el constitucional derecho de voto.
Y no digamos de la falta de respeto, de “decoro”, incluso de “vergüenza”, que suponen las campañas publicitarias. Sus contenidos, además, absolutamente primarios, dan una idea desoladora de la opinión que estos representantes tienen sobre el nivel de sus votantes: juegos de palabras de colegio, miedos, mensajes banales, puestas en escena absurdas, copiadas de las campañas americanas, esas que siempre nos parecieron excesivamente cinematográficas e infantiles.
Votar es un derecho que cada una de las familias de este país se ha ganado a costa de su propia sangre, la de todos los antepasados que entregaron su vida por ejercer ese derecho.
Por eso os exijo un mínimo de respeto.
Contadnos por favor qué propuestas tenéis para nosotros.
Contadnos por favor qué nos estamos jugando con las elecciones europeas.
Contadnos por favor qué os diferencia y qué os une de cara a Europa.
Nos lo debéis y os lo debéis a vosotros mismos.
Para peleas e insultos ya tenemos la calle. Pero incluso cuando hay una pelea en la calle la gente común trata de separar y de calmar a cada uno, más que de tomar partido y linchar al otro. No es propio de ellos y es muy decepcionante que nuestros líderes se comporten así.
Yo voy a meter tu nombre dentro de una urna. Por favor: respétame.
El Antagonista Silencioso
A menudo, en los cursos de guión y realización del Instituto Oficial de Radio y Televisión (IORTV) de TVE desglosaba con los alumnos los distintos personajes que aparecían en reportajes y documentales, señalando con especial interés el valor de los “Antagonistas”.
Efectivamente, y al igual que ocurre con las historias de ficción, en el reportaje siempre debe de estar presente el “Antagonista”, como “responsable” del conflicto que afecta al “Protagonista” de nuestra información.
Así, siempre había un personaje de corte más o menos siniestro al que achacar todos los males. A veces era el dictador de un país; otras, fascistas que pasaban de la teoría a la práctica (y soy generoso concediéndoles una fase “teórica”) que se concretaba en torturas, secuestros y asesinatos; o empresarios de multinacionales sin escrúpulos; fiscales reaccionarios que aplicaban la pena de muerte sin perder un minuto de sueño; asesinos y delincuentes más o menos habituales, ya sea de guante blanco o de cuero, o de los de manotazo limpio; terroristas de todos los tamaños, estados, nacionalidades, pueblos, barrios, religiones o ideologías y en resumen, lo que podríamos llamar… “canallas de todo tipo”.
El personaje “Antagonista” era por tanto tan heterogéneo como lo permitía el abanico de la actualidad. Y si no lo teníamos, había que buscarlo. ¡De eso se trataba: de encontrar a los culpables!
Mas recuerdo que una tarde, visionando en clase uno de mis “Cuadernos de Paso”, alguien poco caritativo conmigo, teniendo en cuenta la bondad de los contenidos de esta serie documental, tuvo la falta de delicadeza de preguntarme:
- “Y aquí ¿quién es el Antagonista?”
- “¡Tú mismo!”, me dieron ganas de contestarle.
A ver: un artesano fabricando alpargatas; una señora que hace bolillos, un pastor y cuatro gatos… y un listillo que se empeña en fastidiarme la clase.
¡El Antagonista…!
Porque, claro, dos días antes, yo afirmaba, con rotunda convicción, que “frente al Protagonista de cualquier relato informativo, siempre hay un Antagonista”.
Desconozco, o he olvidado por humana supervivencia, cómo salí de aquel aprieto; pero siempre me quedó aquella pregunta en el aire…
…hasta que, hace poco, encontré la respuesta.
Se trataba de una noticia en relación con uno de los protagonistas de “Cuadernos de Paso”. Del “Cuaderno de Cervantes”, en Sanabria, concretamente. Su nombre: Horacio Rodríguez. Me contaron que acababa de fallecer.
Horacio era un sabio que apenas había cruzado el umbral de los 80 años de edad, y era admirado por todos aquellos que lo conocieron. Había reunido un verdadero museo etnológico en su pueblo, San Ciprián de Hermisende, en la raya con Portugal, con una colección enorme de objetos, que incluía más de un centenar de máquinas de coser de todas las épocas, en las que era un experto, así como un sinfín de viejas historias, por las que era considerado un “contacontos” (un “cuenta cuentos”).
Y Horacio había fallecido. No tuvo tiempo de verse en televisión en “Cuadernos de Paso”, en una charla en una cocina baja, una “lareira”, entre él, el catedrático e investigador Leandro Rodríguez, impulsor de la teoría de que Miguel de Cervantes era judío y sanabrés (de la que ya hablaremos) y yo mismo. Horacio falleció antes de la emisión del documental, lo que me apenó profundamente.
Unas semanas después hubo una reunión en su honor en su pueblo natal, a la que no pude asistir, pero a la que envié un escrito defendiendo que había que hacer un estudio del material (inmenso material) etnológico reunido por Horacio, lo cual constituiría según mi humilde opinión el verdadero homenaje que podía (y debía) de hacérsele a este “Anticuario de Viejas Tecnologías”, como a él le gustaba definirse.
Meses más tarde, en los Oscos (Asturias), tuve ocasión de hablar otra vez del tema de la urgencia de recuperar los testimonios de toda esta generación anterior a la digitalización de nuestras vidas que, como Horacio, estaba desapareciendo, a fin de rescatar su memoria, en verdadero (ya crítico) peligro de extinción.
Ellos vivieron una guerra, sufrieron el exilio y fueron emigrantes; pero también cantaron, bailaron y desarrollaron costumbres propias de una cultura rural arrinconada por el progreso y, a menudo, despreciada.
Sería una acción de un valor incalculable rescatar esa memoria, que es la de todos. (¡Y no es tan complejo: es algo así como tomar una cámara y grabarles, simplemente, en cada pueblo!)
Pero volviendo al tema inicial, la cuestión es que, inexplicablemente, la muerte de Horacio me devolvió a aquella clase del IORTV y a aquella ingrata pregunta del no menos ingrato y sibilino meritorio: “¿Y aquí, quién es el Antagonista?”
Ahora ya se la respuesta.
El Antagonista es ese “devorador y consumidor de todas las cosas”, que decía Miguel de Cervantes.
Un Antagonista Silencioso, llamado “Tiempo”.
Los Nosotros
Hubo un tiempo en que estaba encantado de formar parte de Nosotros. Opinaba como Nosotros, sentía como Nosotros e incluso llegué a captar el modo de hablar y de vestir de Nosotros, de manera que cuando alguien me veía por la calle decía: “Mira, un Nosotros”.
Genial oye.
La cuestión es que tanto me preocupaba aquello de ser un Nosotros más, que un día me paré ante el espejo con una pregunta íntima e inesperada: “Si realmente soy un Nosotros… ¿por qué tengo que trabajármelo tanto? ¿Por qué no sale todo de forma natural?”
Fue entonces cuando me vino la horrorosa idea de que, aunque yo no fuera consciente de ello, era posible que debajo de aquel trabajoso Nosotros mío, se encontrase camuflado en realidad un elemento del oscuro Vosotros.
¡O sea: que yo podía ser en realidad un Vosotros, solo que aún no me había dado cuenta!
Pero, dada la aversión que sentía hacia los Vosotros, a lo peor la cosa era mucho más siniestra, y yo era en realidad un… “¡Ellos!”
La leche.
Pensé pues en que siendo un Ellos o un Vosotros sería explicable porqué a veces me costaba tanto llevarme bien con los otros Nosotros.
Porqué no terminaba de aguantar sus obsesiones y su manía persecutoria con los Vosotros y Ellos, a quienes había que atacar de manera inmisericorde, de la misma forma que, hiciese lo que hiciese uno de Nosotros, estabamos obligados a apoyarlo y defenderlo, aún entrando en conflicto con nuestros más íntimos sentimientos.
Incluso había que dar la cara a toda costa por cualquiera de Nosotros, para no darles “alas” a Vosotros (o mucho peor: a Ellos). Afirmación que siempre me dejaba perplejo, pues siempre me interesó la búsqueda de la verdad, aunque nos afectara a Nosotros, mismamente, en la convicción de que Nosotros era un concepto tan formidable, perdurable e impermeable, que el hecho de reconocer que un Nosotros fuera un poco “lelo”, jamás afectaría negativamente a la totalidad de Nosotros como grupo, sino que lo fortalecería.
Pues no.
La cuestión llegaba a ser tan dura que, como a veces entrábamos en contradicciones, en conversaciones que se desarrollaban simultáneamente, al no saber cual era la opinión oficial de Nosotros, decidimos mantener la boca cerrada sobre ciertos temas puntuales hasta que se supiese con exactitud lo que dictaminaba Nosotros sobre el asunto, y lo que debíamos de “pensar”.
Torturado por el protagonismo que habían tomado en mi vida los pronombres personales, quiso la casualidad que conociese a un profesor de universidad de la ciudad en que nací, que afirmaba sin complejos que opinaba indistintamente como Nosotros, Vosotros o Ellos en función de qué tema o matiz o estrategia estuviésemos hablando, puesto que Vosotros funcionaban mejor en unos casos y Nosotros en otros (la verdad es que de Ellos nunca dijo nada).
De cualquier forma aquel viejo chupatintas me pareció un espíritu libre. Porque aquello de la pertenencia a machamartillo a un Nosotros a cualquier coste, se me antojaba ya un poco irracional.
Total, que hace tiempo que dejé de ser Nosotros. Tampoco “me pasé” a Vosotros ni a Ellos, sino que decidí valorar las propuestas puntuales de Nosotros, Vosotros o Ellos con objetividad en cada momento y entonces decidir.
Así comencé a formar parte de un nuevo grupo, mucho más auténtico: el de “Yo”.
Si: Yo mismo.
Quizás algún día desapareciesen los Nosotros, los Vosotros y los Ellos, y podríamos mirarnos al espejo sin hacernos preguntas sin respuesta.
Sonados
En lo alto del cuadrilátero, el agotado púgil ya no sabe de dónde sacar fuerzas para superar el asalto, cuyo número hace tiempo que ha olvidado.
El paro, la hipoteca, las subidas imparables de los precios de todo tras la soga del euro, la incertidumbre… Al principio recibía cada golpe con entereza y deportividad. Con elegancia torera incluso. Mas ahora, su mirada busca con creciente ansiedad el rincón, mientras capta con impotencia la expresión de su mujer y sus hijos, sentados a dos filas de las cuerdas, que tratan de esconder su angustia tras forzadas sonrisas, que el espanto dibujado en sus ojos desbarata.
El púgil les mira fugazmente. Lo justo para clavar su imagen en la retina, como una foto, y regresar al “pumpúm” ineludible de la lucha: las colas del INEM; los portazos en la cara de las empresas; los inútiles currículum; las llamadas infructuosas; las cartas sin respuesta…
De repente, ya medio sonado, mientras se pregunta cuánto tiempo aguantará de pié, una voz le grita desde alguna parte de la cancha: “¡Verde!”
Alucinado, abre los ojos y mira hacia el fondo, perdiendo por décimas de segundo la vista al contrincante, que le premia con un doble golpe con subidas de los precios de la luz y del gas.
“¡Rojo!”, grita otra voz.
Un momento muy adecuado para encajar un inesperado mamporro en la nariz, con una factura del taller del coche, y otro en la boca del estómago, con un pago extra a la comunidad de vecinos, para cubrir los arreglos de la fachada…
Porrazos que se comen irremediablemente la última esperanza de tomar unas vacaciones.
“Eran sólo cinco días en la playa”, piensa. “Demasiados ahora…”
Mira de nuevo al rincón y se pregunta cuándo sonará la maldita campana, y podrá tener un mínimo respiro. Lo necesita. ¡Y lo necesita ya!: Sopa y pollo y patatas para comer un día si y otro también. Aguanta. Televisión en vez de cine y del teatro para qué hablar. Aguanta. Agua del grifo en lugar de refrescos. Aguanta. Ropa vieja, pero limpia. Aguanta. Prensa gratuita en vez del periódico de toda la vida. Aguanta. ¡Y pasear y pasear y pasear! Que no cuesta nada y ganas en salud.
Un tercer tipo a su espalda grita ”¡Azul!”, mientras nuestro púgil se pregunta cómo esquivar la derecha potente de su adversario ¡La que tiene encima y ahora!
En un quiebro instintivo, que le provoca un leve tirón muscular en algún lugar de la espalda, se zafa hábilmente de un gancho que le llega esta vez desde su izquierda…
¡No puede descuidar ningún flanco!
Entre gritos cruzados de todos los colores a diestra y siniestra, por su mente pasa la cifra que gastó en su desesperación en la lotería del “Euromillón”, que no sirvió absolutamente para nada. Y en un momento de sarcasmo inesperado, se ve a sí mismo encarnando al mismísimo Homer Simpson, cuya imagen latente le deja un amargo sabor de boca, apenas endulzado por el hecho de comprobar que no ha perdido del todo el sentido del humor.
Entonces esboza una sarcástica sonrisa, que contrae su ya trágico rostro, cuya carne amoratada parece colgar del soporte óseo, como una flácida careta de látex, desinflada y babeante.
Da dos pasos hacia atrás. Busca inútilmente en el rincón los ojos de su entrenador, que mira para otro lado, y comprende que esta solo.
Pero hay que aguantar.
“¡Estoy totalmente sonado…!”, piensa. “Me pitan los oídos y todo lo que oigo parece llegar a través del agua. Pero mi familia me necesita. No tienen otra cosa. ¡Aguanta tío!”, se dice a sí mismo. “¡Aguanta! Aguanta…”
Y en medio del griterio surrealista que le rodea, de voces de todos los colores, el púgil se pregunta cómo ha podido llegar a esta situación.
“Quizás sería mejor tirar la toalla”, piensa. “¡A la mierda todo!”
Pero no puede rendirse. Su familia le necesita. Sus hijos le necesitan. Esta desesperado. ¡Es una pesadilla! Pero tiene que aguantar.
Y entonces levanta su voz, que se pierde inútilmente entre los gritos de unos y otros…
“¿Qué queréis de mí? ¿De donde venís ahora? ¿No veis como estoy? ¿Es que no salís a la calle? ¿Es que no sabéis nada?”
La furia le mueve algo dentro y golpea un par de veces en el aire, fuera de sí. Y el esfuerzo le agota más. Se cubre el rostro con los codos levantados, mientras el murmullo de voces parece hacerle burla desde la cancha… ¡Y vuelve a gritar!
“¿¡Es que nadie puede quitarme a esta bestia de encima!?”
Y el desigual combate continúa. Y la crisis sigue golpeando inmisericorde a nuestro héroe, sin que nadie se atreva a aventurar cuánto tiempo aguantará.
-
Recientes
- La discreción de los Cooperantes
- Día de los Derechos del Niño: NO A LA PORNOGRAFÍA INFANTIL
- Pena de muerte, pena… de muerte.
- José Luis López Vázquez no puede morir…
- “Querida amiga…”
- Por Amor al Arte
- Sabores en Peligro de Extinción
- ¿Qué pasó con las minas antipersonales?
- Brindis por la Quinta del 56
- Respétame, respétate
- El Antagonista Silencioso
- Los Nosotros
-
Enlaces
-
Archivos
- Diciembre de 2009 (1)
- Noviembre de 2009 (3)
- Septiembre de 2009 (1)
- Julio de 2009 (1)
- Junio de 2009 (5)
- Mayo de 2009 (2)
-
Categorías
-
RSS
Subscripciones RSS
RSS de los Comentarios